1382 - Blanca Nieves y la Manzana Orgánica.

Sir Helder Amos | martes, junio 30, 2020 |
Cuando la poción de la muerte dormida estuvo lista, la bruja se aseguró de seleccionar la manzana más grande, roja y provocativa, para envenenarla y que la pobre princesa no pudiera resistirse a aquel fruto que una vez fue prohibido. 

Sin embargo, la bruja no tomó en cuenta el efecto que los siete enanitos, quienes llevaban años viviendo en el bosque, alejados de toda sociedad y progreso, habían tenido en la hermosa princesa desde que empezó a vivir con ellos. 

- ¡Toma, querida, te regalo esta deliciosa manzana por ayudar a esta pobre y humilde viejecita! -le ofreció la bruja disfrazada, tras pedirle a Blanca Nieves un poco de agua. 
- ¡Oh, no, no, no es necesario! -la rechazó la princesa, que ahora usaba unas gigantescas gafas de pasta negra-. Solo haberla ayudado me hace muy feliz. 
- No me desprecies, querida, a mi me haría muy feliz verte comer mi manzana, por favor acéptala y haz a esta pobre viejecita feliz -insistió la bruja. 
- Muy bien, la aceptaré, pero solo para hacerla feliz -aclaró la princesa, y tomó la manzana en sus manos y se la llevó lentamente a la boca. La manzana era realmente hermosa y enorme, su color rojo vivo era impresionante y su aroma tan fuerte como un perfume. 

La bruja miraba como Blanca Nieves se llevaba la manzana a la boca con intensidad e impaciencia, y casi había empezado a celebrar cuando la hermosa princesa se detuvo y se puso a observar mejor la fruta. 

- ¡Qué manzana tan peculiar! 
- ¡Sí, querida, y se ve deliciosa, vamos, pruébala! -insistió la bruja. 
- No lo sé, siento que algo no anda bien...
- ¡Tonterías, querida, es la mejor manzana que he conseguido!
- Por eso mismo, es tan...  perfecta... -continúo Blanca Nieves-. Esto no está bien, ¿Esta manzana es orgánica? 
- ¿Ah? -preguntó la bruja confundida.
- ¡Lo sabía! ¡Esta manzana debe ser genéticamente modificada! -aclaró Blanca Nieves-. Los siete hombrecitos me han hablado y alarmado mucho sobre esto, ahora las frutas las alteran genéticamente para producirlas en masas, y también me han dicho que para que no tengan detalles y los insectos no las arruinen usan muchos pesticidas que son dañinos para la salud.
- ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? -repitió la bruja, todavía confundida. 
- Sí, los siete hombrecitos me han enseñado a comer solo frutas orgánicas, naturales... -siguió explicando Blanca Nieves, dejando la manzana envenenada en la cesta que llevaba la bruja y, tras rebuscar en ella, sacó del fondo una manzana pequeña, de opaco color y toda golpeada-. ¡Cómo está!  Esta se ve más natural, menos provocativa, cierto, pero más sana y mejor para el cuerpo. 
- ¿Te han dicho eso los enanos? -le preguntó la bruja, con una extraña expresión en su rostro.
- Sí, ¡pero no los llames así, eso es ofensivo! -reclamó Blanca Nieves -. He aprendido mucho de los siete hombrecitos, como por ejemplo, ¿ves esos trazos en el cielo? - señaló Blanca Nieves-, ellos me enseñaron que esos son trazos químicos que hacen que nos enfermemos y que...
- ¡Muchas gracias por todo, querida! -la interrumpió la bruja súbitamente-. Pero acabo de recordar que me tengo que ir. ¡Hasta pronto! -se despidió, agarrando su cesta de manzanas y alejándose de la casa de los siete enanitos a toda velocidad sin ni siquiera voltear para ver a Blanca Nieves despedirla con la mano. 

En su camino de regreso al palacio, a pesar de que su plan había fallado, la bruja, a medida que el hechizo que había usado para transformarse en una pobre viejecita se agotaba, se sintió muy segura de sí misma y de su belleza porque, aunque Blanca Nieves era la más bonita del todo reino, no representaba competencia ni peligro alguno porque se había convertido en una loca de remate. 

Fin.

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1381 - El Recetario del Mago.

Sir Helder Amos | viernes, junio 26, 2020 |
Había una vez un gran mago que era conocido desde oriente hasta occidente por lo poderosas y efectivas que eran todas las pociones que preparaba, así que naturalmente era admirado y amado por unos y detestado y menospreciado por otros. 

Este gran mago siempre llevaba consigo un desgastado libro forrado en cuero debajo del brazo, en el cual tenía escrito todas las recetas de las pociones que preparaba. Así, que el mago cuidaba el libro como si fuera su vida y no se lo prestaba a nadie. Sin embargo, siempre estaba dispuesto a compartir sus recetas con quien se lo pidiera amablemente y tuviera buenas intenciones.

Un día, una bruja arpía, cansada de ver que sus pociones siempre terminaban hechas menjurjes biscozos y asquerosos, maquinó un plan para robarle el recetario al mago. Así que se hizo pasar por una pequeña e indefensa damisela que no podía dormir debido a una maldición. Y el mago, que había tomado la tarea de romper todas maldiciones que pudiera con sus pociones, la fue a visitar de inmediato. 

La bruja, al saber mucho de maldiciones, convenció rápidamente al mago con su acto de damisela maldita y le pidió de que le preparase una poción para dormir para romper la maldición. 

El mago procuró en su libro la receta para la poción y se puso manos a la obra, mientras tanto la bruja se ofreció a prepárale algo de comer como agradecimiento por su ayuda. De tal manera, la bruja planeó todo para que la comida estuviera al mismo tiempo que la poción que estaba preparando el mago. Y así, ella insistió en el que el mago comiera antes de que ella se tomara la poción para dormir. 

El mago aceptó muy halagado, porque para él esas muestras de agradecimiento valían más que cualquier pago, sin embargo, no se percató que la bruja había tomado un poco de la poción para dormir que él mismo había preparado y le había echado unas gotas a su comida. Así que tan pronto probó la comida, el mago se quedó profundamente dormido sobre su plato lleno de comida.

La bruja vitoreó al ver que su plan había funcionado, pero cuando tomó el recetario del mago y lo empezó a hojear para ver sus fórmulas se decepcionó al ver que todas las páginas estaban en blanco así que, enojada, le lanzó el libro al mago que yacía dormido sobre la mesa. Pero cuando el libro toco el cuerpo del mago, la bruja notó que las paginas se llenaron de palabras y las recetas aparecieron. 

- ¡Ajá! -exclamó la bruja, al descubrir el secreto del recetario, y tras pensarlo por unos minutos, no se le ocurrió mejor idea que copiar una a una las recetas del mago antes de que despertara.

 Así que la bruja se sentó a la mesa y acomodo todo para que la mano inerte del mago siempre estuviera tocando el libro para que las palabras aparecieran y ella pudiera copiarlas. 

Sin embargo, el mago tenía cientos de recetas y la bruja sabía que no tenía mucho tiempo, así que trató de copiar las recetas de la forma más breve posible, lo que la llevó a cometer un grave error. 

Todas las recetas del mago terminaban con lo que él llamaba su ingrediente secreto: “una pizca de amor” y la bruja al no conocer el amor, no pudo aguantarse una carcajada al ver este ingrediente y decidió no copiarlo en ninguna de las recetas para ahorrar tiempo. De tal manera, se sintió afortunada al ver que había terminado de copiar todas las recetas antes de que el mago despertara, y huyó del lugar sin dejar rastro. 

De regreso a su caldero, la bruja, emocionada por tener las recetas del mago, intentó preparar una de las nuevas pociones que había obtenido, pero a pesar de que midió los ingredientes meticulosamente y siguió los pasos al pie de la letra, su poción terminó convertida en un engrudo marrón maloliente. 

Confundida y enojada, la bruja intento otra receta pero resultó en lo mismo, luego otra y otra sin obtener resultados diferentes. 

- ¡Patrañas! -gritó enfurecida, lanzando todas las hojas que tanto trabajo le había costado copiar al fuego debajo de su caldero, sin comprender que ninguna de sus pociones funcionaban porque había dejado por fuera el más importante, mágico y poderoso ingrediente. 

Fin.

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1380 - El Nadador Iluminado.

Sir Helder Amos | domingo, junio 14, 2020 |
Iban a ser las 3 de la mañana en aquel oscuro y casi desolado pub. En el bar, la única persona que quedaba en el lugar, era un hombre de pelo largo desaliñado, barbudo y mal oliente. 

- ¡OTRO! -pidió amargamente, poniendo brusca y estruendosamente el vaso sobre el mostrador. 
- ¿No le parece que ha bebido demasiado? -le preguntó amablemente el cantinero.
- ¡Otro, doble! -solícito el hombre, pasándose la mano por la cabeza y quitándose por primera vez en toda la noche el pelo de la cara. 
- Lo que usted diga, en un momento.... esperé... yo lo conozco -dijo el cantinero, al verle el rostro- ¿De dónde? - añadió, dubitativo. 
- Pero yo a usted no -sentenció obstinadamente el hombre, dejando caer de nuevo el pelo sobre su cara.
- ¡Ah! ¡Ya sé! ¡¿Usted no es el famoso Nadador Iluminado que salió en la prensa y la televisión hace años porque podía caminar sobre el agua?! -inquirió el cantinero, poniéndole la bebida al frente de su cliente. 
- ¡NO! ¡No lo soy! -negó el hombre, pasándole su tarjeta de crédito. 
- ¡Sí, sí lo es! -confirmó el cantinero, al ver el nombre impreso en la tarjeta. 
- Lo era, pero ya no lo soy más, así que no, no lo soy -terminó aceptando, amargamente, el hombre. 
- ¿Qué le pasó? -le preguntó con sincera curiosidad el cantinero-. Eso que usted hacía era milagroso, caminar sobre el agua, ¡Bíblico! Y de verdad parecía iluminado en sus fotos y reportajes... 
- ¡Pamplinas! -gruñó el hombre, dándole un gran trago a su bebida-. Nadar, la natación era mi pasión, pero mi curiosidad y ganas de saber más de la cuenta me hizo dejar las piscinas a un lado para buscar la tal llamada iluminación, y sí, la encontré, pero ¿a qué precio? Desde que la encontré puedo caminar sobre el agua y hacer uno que otro “milagro”, pero al mismo tiempo no pude nadar más nunca. ¿Sabía eso? Le apuesto que nunca lo mencionaron en los reportajes. Desde entonces, cada vez que intento meterme en una piscina o en el mar, me quedo parado en la superficie sin poder sumergirme. Así que ya no soy un nadador y eso me amarga tanto que ya no pueden decirme iluminado, porque lo único que hago es beber para ver si puedo olvidar todo y poder volver meterme al agua. 
- ¡Vaya! Lo siento mucho -le dijo el cantinero, compadecido y, sirviéndole otro trago doble rebosante  trató de animarlo diciéndole-. Beba, que este va por la casa. 

Fin.

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1379 - La Maldición de la Torre de Babel.

Sir Helder Amos | miércoles, junio 10, 2020 |
- So, where should I put the materials?
- Che cosa?! Non capisco i piani di costruzione, non posso leggerli!!!
- Répétez! Répétez! Dites-moi une autre fois que je ne vous comprends rien. 
- ¿Ah? ¿Qué pasa? ¿Por qué están hablando tan raro? ¿Cuando comenzamos? 
...
...
- ¡Bah! -dijeron todos al unísono después de unas largas horas de mal entendidos y abandonaron el gran proyecto. 

Fin.

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1378 - Él, Manchado

Sir Helder Amos | domingo, mayo 24, 2020 |
A pesar de la gran sonrisa que le dedicaba a todos, ella se sentía muy incómoda en aquella fiesta de blanco, así que repetidamente se acercaba al hombro de su amigo y le susurraba:

- Puedes checarme el trasero, siento que estoy machada. 

Su amigo le echó un ojo y negó ligeramente con la cabeza, al no poder hablar por tener la boca llena. 

Minutos más tarde, ella se acerca de nuevo y le susurra: 

- ¿Me manché?
- Nop -negó de nuevo su amigo, tras mirarle rápidamente el trasero. 
- ¿A qué hora nos vamos? -le preguntó ella, fastidiada-. Por esto no quería acompañarte, vestirme de blanco me pone muy ansiosa cuando estoy menstruando.
- En un ratito nos vamos, -le dijo él-. Gracias por acompañarme, no quería venir solo ni perderme esta fiesta, la comida esta deliciosa.
- ¿Cómo haces para comer y beber tanto? -inquirió, realmente sorprendida-. No has parado de comer de todo desde que llegamos, ¿no te cae mal en el estómago? 
- Ja, ja, ja, no, mi estomago es de acero. 

Sin embargo, un par de minutos más tarde, él se le acerca a su amiga y le susurra. 

- ¿Puedes ver si me manché? 
- Ja, ja, ja, muy gracioso -empezó a replicarle ella con sarcasmo, pero al ver el rostro pálido de su amigo se detuvo de inmediato.
- Es en serio -sentenció él.
- ¿No me digas... ? -le empezó a preguntar, incrédula, mientras le echaba un ojo-. ¡Te manchaste!
- ¡VÁMONOS! 

Fin.

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1377 - El Narciso y el Proletariado.

Sir Helder Amos | jueves, mayo 14, 2020 |
Se dice que el Narciso es una flor que solo crece cerca de orillas de ríos, lagunas o de cuerpos de agua, porque es tan vanidosa que le gusta pasar sus días viendo su hermoso reflejo en el agua. Y así floreció el Narciso de esta historia, al lado de un suave río que le permitía siempre admirar su extrema belleza. 

Nuestro Narciso que floreció en primavera, no se aburría de ver su reflejo en el agua y se veía tan hermoso que empezó a pensar que, al ser tan bello, debía merecer siempre lo mejor de lo mejor. 

Así que cuando la época de polinizar llegó, esto fue lo que pasó:

- Hola, hermoso Narciso, ¿me das permiso para tomar un poco de tu polen? -le preguntó una abeja que solía polinizar cerca del Rio-. Estoy seguro de que al ser tan bello, tú polen debe ser el más dulce de todas las flores de la pradera.
- Gracias por el halago, pero ¿tú quien eres? -le preguntó el Narciso con un tono petulante. 
- Mi nombre es Buzzzrzzzrr (milésimo tercero),  y soy una simple abeja obrera de la colmena que está en aquel árbol de allá. 
- ¡¿Obrera?! -exclamó el Narciso con asco.
- Sí, ¿Puedo tomar un poco de tu polen pare llevárselo a nuestra Reina para que...?
- ¿Estas loca, abeja? ¿Quien te has creído tú para tomar mi polen? -lo interrumpió el Narciso-. ¿No ves mi belleza? ¿No ves mi esplendor? El polen de esta hermosa flor es mucho para una simple abeja obrera. Si hay una abeja que puede tomar mi polen, esa sería solamente la Abeja Reina de tu colmena. Nadie más.
 - Pero hermoso Narciso, somos nosotras, las abejas obreras, las que nos encargamos de polinizar la flores. La Abeja Reina no puede dejar la colmena.
- Entonces nunca tendrán mi polen, porque no pienso dárselo a unas simples obreras.
- Pero bello Narciso, si no nos dejas tomar un poco de tu polen nunca podrás reproducirte y dejar un legado de hermosos narcisos como tú. 
- No me interesa, fuera abeja obrera, ¡fuera!

De esta forma el Narciso espantó a la pobre obrera, y pasó el resto de la primavera espantando a las centenas de abejas que se le acercaban pidiendo tomar un poco de su polen, porque el Narciso era tan hermoso que las atraía desde los lugares más lejanos. 

Así, que una tras otra, las abejas obreras eran rechazadas y el Narciso siempre se sentía muy feliz cada vez que corría a una abeja, porque eso lo hacía sentir más bello e intocable. 

De igual forma pasó el verano, corriendo a las abejas obreras que se le acercaban, pero cuando llegó el otoño y el Narciso empezó a notar en su reflejo que su belleza se estaba comenzando a opacar, se preocupó mucho, porque ni una sola Abeja Reina se había acercado a tomar un poco de su polen, así que no había podido reproducirse. 

- ¡Oh, no! ¡Si no me reproduzco pronto, mi belleza morirá durante el invierno y el próximo año no abran flores tan bellas como yo en el mundo! -se decía, cada vez que una hoja de su tallo se tornaba amarilla. 

De tal forma, a medida que pasaba el otoño y su belleza se esfumaba, el Narciso se empezó a desesperar y se arrepintió de lo mal que había tratado a las pobres abejas obreras. Así que la próxima vez que una abeja pasó cerca de él, este la llamo y le dijo: 

- ¡Abejita, ven! ¿No te gustaría un poco de mi polen? 
- No gracias -respondió la abeja cortante. 
- ¿Pero por qué? ¿No ves que soy hermoso? ¡Nadie nunca ha tomado un poco de mi polen, tú serías las primera, estoy seguro que te encantará!
- ¿Hermoso? -repitió la abeja en tono burlón-. ¿Acaso no has visto tu reflejo? ¡Te estás secando! ¡Ya ni polen debes tener! Hasta luego.
- ¡Espera, abejita, espera!

Pero la abeja no regresó, y lo mismo pasó durante el resto del otoño con las cientos de abejas que pasaron cerca del Narciso, todas lo rechazaron porque se estaba secando. Hasta que finalmente el invierno llegó y el Narciso murió de frío. 

Fin.

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1376 - El Último Bombón.

Sir Helder Amos | domingo, mayo 10, 2020 |
Ese domingo, se paró más temprano de lo usual porque al fin había llegado su día. Así que tan pronto abrió los ojos corrió a su tocador y tras rebuscar por unos minutos en sus gavetas lo encontró.

El último bombón, de la caja de chocolates que había comprado hace años, antes de que la pandemia empezará, lucía tan delicado y apetitoso como siempre.

Con nerviosismo lo tomó en sus manos y miró el calendario, la última vez que se había comido uno de esos había sido en su cumpleaños, meses atrás, y de tan solo pensar que ese era el último de la caja le ponía los pelos de punta. Porque debido a la pandemia y el ataque alienígena, habían quedado confinados en sus casas viviendo de las provisiones básicas que el gobierno les daba, las cuáles nunca incluían bombones.

A pesar de que sus manos temblaban de la emoción, logró quitarle el envoltorio y apreció la belleza del chocolate por un momento, su color marrón oscuro le parecía inigualable. Luego se lo llevo a la nariz y lo olió, haciendo que su dulce y fuerte olor despertara aún más sus sentidos.

Sin embargo, se tomó un momento antes de llevárselo a la boca, porque quería estar segura de que estaba preparada para disfrutarlo y degustarlo al máximo, al no saber cuándo podría tener otro de esos.

Al sentirse lista, cerró los ojos y abrió la boca lentamente, pero mientras se llevaba el bombón a la boca...

- ¿Qué es eso, mami?

Su pequeño estaba parado en la puerta de la habitación mirándola lleno de curiosidad.

- ¡Ay! -gritó la mujer, pegando un brinco y casi soltando el bombón-. ¡Me asustaste, bebé! Esto es un chocolate, un dulce que comíamos y disfrutábamos hace mucho tiempo, incluso antes de que tú nacieras, -le explicó, mirando el bombón, luego a su hijo, luego al bombón de nuevo-. ¿Quieres probarlo? Es el último...

El pequeño asintió con la cabeza y corrió a donde estaba su madre, y arrancándole el bombón de la mano, muy egoístamente, se lo metió completo en su pequeña boquita en menos de un segundo.

Tan pronto lo saboreó, el rostro del niño se iluminó y con una gran sonrisa anunció:

- ¡Está delicioso! ¡Nunca había probado algo tan rico!
- Sí que lo es esta, -estuvo de acuerdo la madre, quien sintió el dulce sabor del chocolate en su boca a pesar de no haberlo probado.

Fin.

¡Feliz día de las madres 2020!

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1375 - El Deseo (In)Mortal.

Sir Helder Amos | domingo, abril 26, 2020 |
Después de más de cuarenta años perdido en la cueva, el débil anciano se asomó por un pequeño agujero en una pared de barro y por fin la vio. La lámpara mágica reposaba en un pequeño pedestal a tan solo un metro dentro de la pared.

Con ayuda de su bastón, logró abrir un poco más el agujero, lo suficiente para poder meter su brazo y sacarla. Pero cuando lo hizo y agarró fuertemente con sus dedos el frío metal de la lámpara, sintió que la jalaban del otro lado, así que se aferró a ella y forcejeó con la fuerza enemiga.

Entre este jaleo la lámpara fue frotada y una espesa nube de humo negro salió de ella. Sin embargo, a pesar de que la nube lo cegó, lo ahogó y el anciano sintió que la cueva se le venía encima, no soltó la lámpara.

- ¿Quien osa a interrumpir mi sueño? -se escuchó una poderosa voz por toda la cueva.

Y mientras el eco retumbaba la pregunta, la nube se fue disipando, mostrando la escena.

- ¡Vaya, vaya! ¡Primera vez qué pasa esto! -exclamó la voz del genio, que tomó la forma de un hombre oscuro.

La pared que escondía la lámpara se había derrumbado, y en medio de la cueva estaba parado el anciano con su brazo estirado sosteniendo la lámpara por un lado, mientras que por el otro la sostenía un jovencito en la misma posición.

- Tendrán que dividirse los deseos, -dedujo el genio, ojeando a súper velocidad un pequeño libro que había hecho aparecer en sus manos-, no puedo conceder más de tres deseos a la vez, y como ambos frotaron la lámpara al mismo tiempo.

- Yo deseo -empezó a decir el anciano, con su arrugada y lenta voz- que me vuelvas...
- No te preocupes, anciano, -lo interrumpió el muchacho-, Yo solo tengo un deseo. ¡Genio, deseo ser inmortal!
- ¿Qué? -se preguntó el anciano, incrédulo.
- ¡Vaya, vaya! ¡Qué interesante! -exclamó el genio, tronando los dedos dramáticamente-. ¡Concedido!
- ¡Espera, no! -empezó a decir el anciano...
- Muchas gracias genio, y no se preocupe, anciano -lo interrumpió de nuevo el muchacho-, puede quedarse con los dos deseos que restan, mi inmortalidad es más que suficiente, así que hasta luego, bye, bye -añadió el muchacho, antes de darse media vuelta y perderse de vista en un santiamén.
- Espera... no, no sabes -lo intentó detener el anciano, demasiado tarde.
- Eso lo deja a usted con dos deseos -señaló el genio-, ¿que va a desear amo? ¿Juventud? ¿Dinero? ¿Virilidad?
- ¡Bah! Nada de eso, -espetó el anciano, con tono fastidiado-. Yo lo que deseo es ser mortal.
- ¿Cómo? ¿Qué? ¿Usted es inmortal? -apresuró las preguntas el genio, incrédulo.
- Sí, desde hace más de seiscientos años, -confesó el anciano-, ese pobre muchacho no sabe en lo que se ha metido. ¡Esto es una maldición!
- Sí que lo es, -estuvo de acuerdo el genio, soltando un suspiro-, pero al menos usted ha estado libre todos esos años.
- No te preocupes, yo te liberaré, solo deseo ser mortal, nada más, está larga vida me ha enseñado que cualquier placer o sufrimiento es momentáneo, tenerlo todo no lo hace a uno feliz y no tener nada no lo hace a uno sufrir menos, así que usare mi tercer deseo para liberarte.
- ¡Vaya! ¿En serio? -chilló el genio, emocionado-. Entonces ¿qué estamos esperando? Formalicemos sus deseos.
- Esta bien, -dijo el anciano, parándose firmemente ayudado de su bastón-. Genio, deseo volver a ser mortal.
- ¡Claro que sí! -exclamo, tronando los dedos-. ¡Concedí... ¿Qué?! ¡No! ¡Espere!

Desafortunadamente para el genio, tan pronto le concedió el deseo al anciano, este se convirtió en polvo y se desvaneció en el aire.

Fin.

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1374 - Los Malos Consejos de una Prostituta

Sir Helder Amos | domingo, abril 19, 2020 |
Cuando la prostituta entró al baño para arreglarse el seno que se salía por el escote y retocarse el maquillaje que se le había chorreado de tanto sudar mientras bailaba en el tubo, se sorprendió al encontrar en el piso a una mujer llorando desconsoladamente.

- ¡Querida, ¿qué te pasa?! -le preguntó, tirando su maquillaje a un lado y lanzándose al piso junto a la extraña para abrazarla, - ¡¿Qué tienes?! ¿Qué te pasó?
- Nada, es solo que odio mi vida y no lo soporto más -confesó la extraña, sollozando-. Mi marido me es infiel, odio mi trabajo, siempre estoy sola en mi casa y no puedo mas, odio mi vida.
- ¡Ay, querida, lo siento mucho! -trató de consolarla la prostituta, sobándole la cabeza y desbaratándole el copete que tenía-. Mira, yo sé que no te conozco, pero por lo que me cuentas estás siendo infeliz por elección propia.
- ¿Qué dices?... ¡No entiendes!
- Sí entiendo, y entiendo perfectamente, tú tienes en tus manos la opción de ser feliz, si tu esposo te es infiel y eso te hace infeliz, pues divórciate y búscate un hombre que te respete. Si tu trabajo te hace infeliz, pues renuncia y búscate un trabajo que te guste así no sea tan oneroso, y con eso, a medida que empieces a ser más feliz con tu vida, empezarás a disfrutar incluso de la soledad.
- No es tan fácil...
- Sí, sí lo es, solo tienes que ajustarte bien la falda y hacer lo que sea mejor para ti -continuó la prostituta, pero mientras hablaba las puertas del baño se abrieron y tres mujeres bien copetudas entraron sin ser vistas ni oídas.
- ¿Sabes qué?... Tienes razón -acordó la extraña, secándose las lagrimas-. Si todo eso me hace infeliz... Tienes razón, dejaré a mi esposo y renunciaré a mi trabajo.
- ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! -chillaron al unísono las tres mujeres que habían entrado.
- ¡Ay, amigas, están aquí! -exclamó la extraña al ver a las mujeres.
- ¿Cómo vas a dejar a tu marido? -le preguntó una.
- ¿Qué vas a hacer si renuncias a tu trabajo? -le preguntó otra.
- ¿Estás loca? ¿Qué va a decir la gente? -le preguntó la tercera.
- No sé... no había pensado en eso... yo solo quiero ser feliz y los consejos que esta mujer me está dando me parecen los más adecuados...
- ¡¡¡¿¿¿Y vas a seguir los consejos de una prostituta???!!! -exclamaron las tres al unísono.
- Yo... pues.. -balbuceó la extraña.
- Bueno... -empezó a decir la prostituta, soltando a la extraña y poniéndose de pie al escuchar todo esto-, yo solo te digo, querida... -continuó, mirándose en el espejo y arreglándose el seno que tenía fuera del escote-, que yo disfruto lo que hago y soy feliz en la vida.

Y sin decir más nada, la prostituta dio media vuelta y salió del baño, dejando a la extraña sola con sus tres amigas para que ellas le dieran mejores consejos que los que ella le había dado.

Fin.

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1373 - La Primera y Última Cacería.

Sir Helder Amos | lunes, abril 13, 2020 |
- Así es, hijo... respira profundo... relájate... centra tu mirada... y ¡Dispara!

¡PUM!

- ¡Felicitaciones hijo! ¡Lo hiciste! ¡Cazaste tu primer pato! -celebró el padre, en medio del bosque, apuntando al animal que yacía muerto a unos metros de distancia.
- ¡¿Lo hice?! ¡¿En serio?! ¡No puedo creerlo! ¡Mi primera caza! ¡Estoy tan feliz! -celebró el joven.
- ¡Sí, lo hiciste hijo! Esta noche cenaremos bien gracias a ti. -lo felicito el padre, dándole un medio abrazo por los hombros-, ahora anda a recoger tu presa. Anda, ¡Ve por ella!

El muchacho se encaminó con una sonrisa, pero al llegar a donde estaba el pato, comenzó a llorar, porque a medida que caminaba, unos doce patitos salieron de alrededor de la víctima y la rodearon, graznando tan tristemente que apagaron el regocijo del muchacho.

- ¿Qué pasa, hijo? ¿Todo bien? -le preguntó su padre, acercándose al notar que tardaba mucho en regresar.
- Creo que maté a su mamá, -chilló el muchacho, señalando los patitos.
- Ay, hijo, como lo siento, pero no tienes porque llorar -trató de consolarlo su padre, tomándolo de nuevo por los hombros-. Los patitos van a estar bien, no tienes porque ponerte así, todo es parte de la naturaleza y la vida. Ellos crecerán y se convertirán en patos grandes y fuertes.
- Y luego, yo volveré a cazarlos cuando sean adultos-gimoteó el muchacho, sintiéndose atormentado por su conciencia.
- Bueno sí, pero ¿qué te puedo decir, hijo? Eso es parte de la naturaleza, nosotros no hicimos las reglas, ni somos los únicos que cazamos para comer, los leones también lo hacen, y los lobos, los zorros y un montón animales más. Así que no llores más, ¿sí?

El muchacho asintió con la cabeza y el padre, dedicándole una sonrisa se acercó al pato para recogerlo, pero cuando se puso de cuclillas para meterlo en la bolsa, uno de los patitos agarró una rama que había en el suelo con su pico y con una fuerza increíble apuñaló el pecho del hombre. Quien cayó boca arriba, escupiendo y ahogándose en su propia sangre por unos segundos antes de morir.

- ¡¡¡Papá!!! -gritó el muchacho horrorizado al ver lo que había pasado, e intento acercarse a él, pero el pato que lo había matado dio un saltito sobre el cuerpo del hombre con un pequeño aleteo y soltando la rama que sostenía con su pico, empezó a hablar imitando la voz de su padre.
- No te preocupes, vas a estar bien, todo esto es parte de la naturaleza, tu vida va a seguir y te convertirás en un hombre grande y fuerte, pero escucha mi advertencia, así como tú vas a crecer, yo también lo haré, así que si vuelves por este bosque a intentar cazarme o alguno de mis hermanitos...

Pero le muchacho salió corriendo antes de que el patito terminara su advertencia y desde entonces, más nunca volvió al bosque y prefiere trabajar duro para ganar dinero y comprar sus patos congelados en el supermercado.

Fin.

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1372 - Un Amor Fantástico.

Sir Helder Amos | miércoles, abril 08, 2020 |
En medio de aquel restaurante lujoso, él se acercó a su oído y le susurró: “Te amo”. Sin embargo, ella, al escuchar esas palabras comenzó a llorar.

- ¡Tengo que decirte algo! -le dijo entre sollozos.
- ¿Si? Dímelo, pero no llores no me gusta verte así -le suplicó el hombre.
- No, aquí no puedo, además tengo que mostrarte o no me creerías, vayamos a un lugar más privado -sentenció ella, llorando-. Vamos a mi departamento.

Sin embargo, durante todo el camino ella no paró de llorar. Y cuando hubieron llegado ella lo invitó a pasar y que se pudiera cómodo.

- ¿Es verdad lo que me dijiste en el restaurante? -le preguntó ella, secándose las lágrimas.
- Sí, yo te amo -le aseguró.
- Entonces... tengo que mostrarte algo - dijo, desabrochándose el pantalón.
- ¿Qué haces, querida? ¡Yo no te dije que te amaba para esto! ¡Podemos seguir esperando hasta que estés lista!
- No, no es eso, si no que yo no he sido completamente honesta contigo -confesó ella, balbuceando.
- Pero, ¿qué es? ¿Dime? -suplicó el hombre, sufriendo tanto como ella al verla llorar.
- Es que yo no soy esto que ves.
- ¿Qué? ¿Cómo?
- Yo no soy esto -explicó ella, señalando todo su cuerpo-. Todo esto es una gran farsa. Una gran mentira.
- No entiendo, ¿a qué te refieres? -preguntó el hombre, palideciendo.
- Pues yo... no siempre he sido mujer... -confesó ella, sin parar de llorar, mientras se bajaba el cierre del pantalón-, mira...
- ¿Qué..? -preguntó el hombre, muy confundido y aterrado-. ¿Entonces..? ¡No me digas! ¡Detente! ¡No quiero ver! ¡No quiero saber!
- Por favor, yo también te amo, y necesito que sepas la verdad -continuó ella-. Mira...
- ¡No! ¡No! ¡No! -gritó el hombre, tratando de taparse los ojos.
- ¡Mira! -gritó de nuevo ella, quitándose los pantalones de un jalón y a medida que estos bajaban por sus piernas, una brillante luz resplandeció y al apagarse dejaban ver una brillante y escamosa cola de pescado-. ¡Soy una sirena!
- Ja, ja, ja, ¡una sirena! -celebró nerviosamente el hombre al verla-. ¡Solo eres una sirena! Ja, ja, ja.
- ¿Estás bien? - le preguntó ella, confundida al ver su reacción-. ¿No te molesta? ¿No vas a correr? Te veías tan asustado hace tan solo unos segundos.
- Ja, ja, ja, estoy bien querida, un poco impactado, je, je, y disculpa es que he pensado que eras algo peor que en verdad me ha aterrorizado pero, ¿una sirena? Eso no es tan malo, puedo vivir con eso, ademas, ahora puedo decir que mi amor por ti es fantástico.

Fin.

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1371 - La Vida Fácil de los Demás.

Sir Helder Amos | miércoles, abril 01, 2020 |
Cuando regresaron al establo de dar un paseo con los amos, el caballo le dijo al poni.

- ¡Qué envidia! Tú si qué la tienes fácil, solo te montan niños. En cambio yo tengo que cargar con los adultos que son más grandes y más pesado.
- ¡Bah! Estas equivocado, - refutó el poni-. A pesar de que es cierto que los niños son más pequeños y menos pesado que los adultos, yo también lo soy. Así que lo tengo igual o aún más difícil que tú, porque a diferencia de los adultos, los niños no saben montar bien y casi todo el tiempo me patean y me jalan el pelo de la crin.
- Oh, cierto, discúlpame, yo pensé que los poni la tenían más fácil -se excusó el caballo-. Los que la tienen fácil son los caballos de carrera, porque sus jinetes siempre son pequeños y livianos.
- Ni tanto, -le aseguró el poni, un poco fastidiado-. Porque a pesar de que jinetes son livianos, ellos tienen que galopar a toda velocidad y eso es extenúante, si nosotros nos cansamos cuando salimos a marchar a paso ligero, imagínate ellos...
- Cierto, cierto, no había pensado eso... -acepto, el caballo, pensativo-, entonces ¿sabes quienes la tienen fácil?... ¡Los burros!
- ¡Ay ya cállate! -le espetó el poni, dejándolo solo y yéndose al otro lado del establo.

Fin.

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1370 - La Marioneta Libre.

Sir Helder Amos | jueves, marzo 26, 2020 |
Después de la presentación, el titiritero regresó a su habitación y colocó la caja con la marioneta en el alféizar de la ventana, mirando hacia la hermosa luna creciente que parecía sonreír, y luego salió a disfrutar la noche.

Pero mientras el titiritero estaba afuera, la marioneta empezó a llorar desconsoladamente mientras miraba el cielo estrellado, y un gato callejero que se paseaba por el tejado de las casas escuchó su llanto.

- ¿Estás bien? -le preguntó el gato, acercándose.
- No, no estoy bien, estoy cansado -se quejó la marioneta, que guindaba de las cuerdas atadas a la cruz de madera que reposaba sobre la caja-. Estoy cansado de que el maestro haga conmigo lo que se le venga en gana, todo lo que hago es porque es su voluntad y no lo mía. Él me hace bailar, me hace cantar, me hace llorar, me hace pelear, me hace reír, me hace amar, me hace sufrir, pero yo nunca pedí nada de eso, estoy cansado de que con solo mover sus manos tenga el poder de manipularme y me haga actuar  a su conveniencia solo para su entretenimiento y el de otros.
- ¡Vaya! No es fácil ser una marioneta -dijo el gato, sentándose a su lado.
- No lo sé, creo que el del problema soy yo -confesó la marioneta-. Mis demás hermanos están felices por que el maestro les da vida, sentimientos y acciones, pero yo... yo solo quiero ser libre.
- Lo siento mucho, ¿hay algo en que te pueda ayudar?  -se ofreció el gato, lamiéndose los bigotes.
- No, no lo creo... aunque... espera... Eres un gato, ¿no?
- Miau
- Entonces, quizás tú podrías liberarme, ¿crees que podrías usar tus filosas garras para cortar estas cuerdas que hacen que mi maestro me manipule?
- Sí podría, -respondió el gato-. Pero, ¿qué harás una vez que seas libre?
- ¡No lo sé! Nunca lo había pensado, pero seré libre, podré hacer lo que yo quiera cuando quiera -meditó la marioneta-. Entonces, ¿me ayudas?
- Claro, porque no...

El gato entonces levantó una de sus patitas y, al contraer los músculos de sus dedos, unas filosas garras florecieron, las cuales utilizó para cortar las cuerdas que ataban a la marioneta, primero cortó la que sostenía el pie derecho, luego siguió al brazo derecho, después saltó al otro lado y cortó la del pie izquierdo y brazo izquierdo, hasta que quedó solo una, desde la cual guindaba la marioneta por su cabeza.

- ¿Estás seguro de esto?  -le preguntó el gato, antes de cortar la última cuerda.
- Sí, por favor, libérame -aseguró la marioneta.

Acto seguido, el gato cortó la última cuerda y la marioneta se desplomó sobre el alféizar de la ventana y cayó sobre el techo de unas casas abajo de donde estaba con un gran estruendo que espantó al gato y lo hizo salir corriendo, dejándola olvidada.

Afortunadamente, la marioneta no sintió nada, pero cuando intento levantarse, descubrió que a pesar de ser libre, su cuerpo no tenía vida sin las cuerdas que le daban movimiento cuando su maestro las movía con sus manos. Así que permaneció allí, inerte y sin sentimientos, bajo el sol inclemente en los días de verano y cubierto de fría nieve durante el invierno, cuestionándose si esa era la libertad que tanto había soñado.

Fin.

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