jueves, julio 18, 2019

1332 - Calidez Musical.

Sir Helder Amos | jueves, julio 18, 2019 |
La tormenta empeoraba con cada minuto que pasaba, y el pobre músico, muerto frío al no tener ni un pedazo de leña para encender su chimenea, decidió ponerse a tocar su violín para mantenerse caliente.

Entre suspiros, el músico, tocó las más tristes melodías, las cuales, aunadas a la tormenta, creaban un ambiente melancólico.

Mientras tocaba, sentía que no tenía elección entre las piezas que sonaban, porque era como si ellas solas llegaran y se conectaran con él y su violín. Haciendo arder su alma de placer.

De pronto, un toc, toc, toc, en su puerta lo interrumpió.

- Querido vecino, soy del apartamento de arriba -le dijo aquel hombre de traje con zapatos brillantes que estaba parado sobre su tapete que leía bienvenidos-. Quisiera invitarlo a la fiesta que estamos teniendo, porque nos alegraría mucho que nos deleite con su esplendorosa música, mis amigos y yo somos amantes del violín, y nos encantaría que pudiera tocarnos ciertas piezas, un poco más alegres, para animar nuestra velada.
- Eh.. no lo sé... -balbuceó el músico.
- Arriba tenemos un caluroso fuego encendido y bastante comida -añadió el hombre de traje, al echarle un vistazo al deplorable y lúgubre estado en el que estaba el apartamento del músico.
- Muchas gracias por su ofrecimiento, vecino, pero así como estoy me encuentro bien. Quizás en otra ocasión -sentenció el músico, cerrándole la puerta en la cara al hombre de traje.

Sacudiéndose el mal sabor del encuentro acababa de suceder, el músico retomó su violín y continuo tocando sus tristes melodías, sientiendo aquella misteriosa conexión musical de antes, que lo mantuvo cálido durante toda la noche tormentosa.

Fin.

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lunes, julio 15, 2019

1331 - La Redención.

Sir Helder Amos | lunes, julio 15, 2019 |
- Para redimirte, por haberlo dejado escapar -expresó calmadamente el jefe, botando el humo de su tabaco mientras hablaba-, tendrás que matar a su hija.
- Muy bien, jefe, así será.
- Usando esto -añadió, lanzándole una escopeta con la mano que tenía libre.
- Sí, jefe, como usted diga.
- Y tendrás que hacer que parezca un suicidio.
- ¿Qué? ¡Jefe, eso es imposible! ¿Cómo una niña de 3 años puede suicidarse con una escopeta?
- No lo sé, pero estoy seguro de que encontrarás la manera... A no ser que quieras fallarme de nuevo.
- No, no, jefe. Jamás. Lo haré. Lo haré, como usted desee.
- Así me gusta, -aprobó el jefe, inhalando de su tabaco-. Y espero que esto te sirva de lección, porque la próxima vez no seré tan condescendiente, y el más mínimo error podría costarte la vida -añadió, sonriendo macabramente.

Esa noche no pudo dormir, pensando un plan para llevar a cabo su redención, pero después de horas y horas de darle vuelta al asunto, entendió que todo era farsa. No tenía oportunidad de redimirse ante el jefe. Así que en un intento desesperado para redimirse, llamó a la policia y les contó todo lo que sabía.

Amaneció muerto, pero con una peculiar sonrisa en su pálido y frío rostro que no había sonreído en años.
Fin.

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viernes, julio 12, 2019

1330 - El Pasatiempo o la Vocación.

Sir Helder Amos | viernes, julio 12, 2019 |
No necesitaba nanotecnología para escribir microcuentos, porque llevaba la literatura en su sangre. Sin embargo, su filosofía de solo escribir para sí mismo hizo que, a pesar de sus dotes para ser un gran escritor, terminara dando charlas de neurología barata para subsistir aunque no le gustara. 

Fin.

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miércoles, julio 10, 2019

1329 - El Terror de los 30s.

Sir Helder Amos | miércoles, julio 10, 2019 |
Un pánico siniestro se apoderó de ella al verse esa mañana frente al espejo.

“Esa no soy yo” se dijo, al ver su reflejo. Negó con la cabeza, se sacudió y rascándose los ojos, se pellizcó el brazo una y otra vez para despertar de esa horrible pesadilla.


Pero al sentir el dolor en su brazo, descubrió que sí era ella y que eso que veía en su frente era una arruga.

- 😱😱😱 ¡NOOOOOOO! 😱😱😱

Fin.

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viernes, julio 05, 2019

1328 - Las Galletas del Rey.

Sir Helder Amos | viernes, julio 05, 2019 |
Había una vez un Rey déspota y despiadado que trataba muy mal a todos su pueblo y sirvientes, a excepción de su cocinero. Al cuál siempre le daba generosos regalos y alababa las deliciosas comidas que este le preparaba. Por eso, el cocinero no tenía amigos en el palacio, porque todos le tenían envidia por ser el preferido del Rey.

Un día, el Rey leyó en un libro sobre un misterioso y delicioso postre al que le llamaban “Galleta” y le pidió a su cocinero que le preparara algunas.

Sin embargo, en ese reino las galletas no existían y el cocinero no sabía como hacerlas. Y cuando le dijo esto al Rey, sintió mucho miedo de que el monarca lo mandara a decapitar.

Pero como el cocinero era el favorito del Rey, este solo dijo que hiciera su mejor intento y que lo intentara todos los días hasta que hiciera unas deliciosas galletas como aparecían en el libro que había leído.

El cocinero, muy agradecido con el Rey, aprovechó esta oportunidad y, tras rebuscar en los más antiguos libros de la biblioteca real la receta para hacer galletas, finalmente la encontró y empezó sus pruebas pero, a pesar de que había encontrado la receta perfecta, añadió un ingrediente adicional con la esperanza de ayudar a los otros sirvientes. Quienes eran maltratados todos los días por el Rey.

El Rey, a quien le gustaba tener el control de todo en el palacio, le ordenó que le diera a probar todos sus intentos para ser él quien decidiera cual sería la galleta que más le gustará.

El primer día, el Rey no pudo morder las galletas por lo duras que habían quedado.

El segundo, el Rey casí vomitó por su amargo sabor.

El tercero, el Rey no pudo probar las galletas porque se le desasían en las manos cuando las agarraba.

Y de esta manera, el cocinero siguió intentando hacer las galletas del Rey, cambiando las medidas y los ingredientes todos los días para encontrar la fórmula perfecta.

Hasta que un día, después de varias semanas y cientos de galletas perdidas, el Rey probó las galletas y quedó fascinado.

- ¡Están deliciosas! -bramó entusiasmado-. ¡No quiero que nadie más toque mis galletas! ¡Me las voy a comer todas yo solo! -le ordenó a sus sirvientes.

Sin embargo, cuando el Rey se fue a dormir, todos los sirvientes aprovecharon la oportunidad y se colaron en la cocina para llevar a cabo un plan macabro que habían maquinado.

- ¡En verdad están deliciosas! -decían los sirvientes al comer las galletas-. ¡No dejemos ninguna y luego digámosle al Rey que fue el cocinero quien se las comió! Así lo mandará a decapitar y no tendrá más favoritos entre nosotros.

Pero esa noche todos en el palacio, a excepción del cocinero, murieron. Porque desde el primer día, el cocinero había añadido veneno a las galletas para librar al pueblo y a los sirvientes del malvado Rey.

Al día siguiente, cuando el cocinero vio que las galletas habían desaparecido y que todos los sirvientes también habían muerto, ignorante del odio y envidia que ellos sentían por él, se sintió tan culpable por haberlos envenenado que lloró desconsoladamente por aquellos que quería salvar y, para redimirse, se comió la última galleta que consiguió debajo de un estante y se fue a dormir.

Pero esa galleta era una de sus primeros intentos, las cuales no tenían tanto veneno, así que cuando el cocinero despertó, se encontró rodeado de toda la gente del pueblo, quienes lo interrogaron y le pidieron explicaciones de lo que había pasado. Y cuando el cocinero confesó, todos lo vitorearon y decidieron nombrarlo Rey a él por haber sido quien los había librado del antiguo y malvado monarca.

Desde entonces, el cocinero se convirtió en Rey y lideró a su pueblo con justicia, rectitud y humildad.  Porque a pesar de haberse convertido en el Monarca, él preparaba su propia comida y nunca ordenaba a ningún sirviente que hiciera cosas por él. Ni agua les pedía.

Fin.

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lunes, julio 01, 2019

1327 - El Dinosaurio Asesino.

Sir Helder Amos | lunes, julio 01, 2019 |
Cuando salimos del cine, después de ver Parque Jurásico, mi hijo, dando brinquitos de emoción, me dijo:

- ¡Papá, yo quiero un dinosaurio asesino!
- ¿Un dinosaurio asesino? -repetí, consternado por la petición de mi hijo.
- ¡Sí! Un Tiranosaurio Rex, o un Velociraptor -exclamó mi pequeño-. ¡Con muchos dientes y garras afiladas!
- Pero hijo, esos dinosaurios son muy peligrosos, -le dije-. ¿No te gustaría mejor un Estegosaurio o un gigantesco Brontosaurio?
- No papá, esos dinosaurios son aburridos. Yo quiero uno feróz y asesino.
- ¿Y no te preocupa que te haga daño o que nos mate a todos? -le pregunté.
- No, porque lo cuidaría con mucho amor y cariño -sentenció mi pequeño, muy seguro de lo que decía.
- Está muy bien eso que dices hijo, pero a veces el amor y el cariño no son suficientes para donar a un animal salvaje.
- ¡Sí lo son! -protestó mi pequeño-. Y tengo pruebas de eso.
- ¿Ah, sí? ¿Cuáles son tus pruebas? -le pregunté.
- Pues, ¡tú!, ¡Papá! Mi mamá te domó con su amor y cariño -expuso mi hijo-. O ¿crees que yo no sé qué tú, antes de conocer a mamá, eras un asesino a sueldo?
- ¡Shhh! 🤫🤫 ¡Shhh! ¿Cómo lo...? -traté de callarlo, palideciendo y arrodillándome en frente de él para taparle la boca y no siguiera hablando-. ¡No digas esas cosas en voz alta! Y nunca repitas eso en público.
- Lo siento, papá -balbuceó.
- Muy bien -dije, soltándolo y sientiendome un poco aliviado-. Ahora, volviendo a tu dinosaurio asesino, creo que se me ha ocurrido una idea.

Esa misma tarde, mi hijo seleccionó la imagen de un feroz tiranosaurio Rex que me tatué en la espalda y que, además de recordarme mi pasado oscuro y el amor incondicional de mi familia que me cambió la vida, me convirtió en el papá más cool del universo.

Fin.

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jueves, junio 27, 2019

1326 - Las Hadas de la Abuela.

Sir Helder Amos | jueves, junio 27, 2019 |
Había una vez, una niña llamada Ana que le encantaba visitar a su Abuela Ana, porque está siempre le contaba fantásticas historias sobre hadas.

- Las hadas son reales, Ana, recuérdalo, a pesar de que no siempre podamos verlas, a veces podemos sentirlas y, si creemos en ellas, nos ayudan y nos protegen -solía decirle la Abuela Ana a la pequeña.

Pero a Ana, la mamá de la pequeña Ana, no le gustaba que su madre le contara ese tipo de historias a su hija. Porque ella era una mujer muy intelectual y lógica.

- No creas todas las historias que te cuenta tu abuela -le decía a su hija, siempre que regresaban a casa  después de visitar a la Abuela Ana-. Las hadas no existen. Solo son una fantasía.

Sin embargo, a pesar de las advertencias de su madre, la pequeña Ana creía fervientemente en las hadas gracias a las historias que su abuela le contaba y, con el pasar del tiempo, la pequeña Ana se aprendió todas las historias de su abuela.

En una noche cálida y tranquila, la pequeña Ana tuvo un sueño muy peculiar, en el que estaba visitando a la Abuela Ana, escuchando sus historias de hadas, cuando de pronto una pequeña y hermosa hada se coló por la ventana y les dijo:

- Abuela Ana, porque siempre has creído en nosotras, queremos invitarte al país de las hadas, ¿te gustaría venir a nuestro mundo?
- ¡Sí! -respondió la Abuela, muy emocionada.
- ¡Yo también quiero ir! -protestó la pequeña Ana.

Pero el Hada le dijo que ella era muy joven y que para ganarse el derecho a visitar el Pais de las Hadas, tenía que creer en ellas por toda su vida. Así que la invitación era solamente para la Abuela Ana.

Al principio, la Abuela Ana se negó a ir sin su nieta, pero la pequeña Ana terminó de convencerla al pedirle que aceptara la invitación de las hadas, para que cuando regresara le contara todas las historias y aventuras que ella viviría en el Pais de las Hadas.

Así que para complacer a la pequeña, la Abuela Ana aceptó ir al País de las Hadas.

- ¡Muy bien! -celebró el hada-. Por favor, abre la ventana, para que mis amigas vengan por tí y nos vayamos ahora mismo.

La pequeña Ana fue la que abrió la ventana y pegó un grito de emoción y asombró al ver que cientos de hadas entraron por la ventana y entre todas cargaron a la Abuela Ana y se la llevaron volando por la ventana, mientras su nieta la despedía moviendo su mano, encaramada en el alféizar.

La Pequeña Ana despertó muy alegre y con una gran sonrisa al día siguiente de su sueño. Pero cuando bajó a desayunar, se encontró a su mamá llorando.

- ¿Qué te pasa mamá? ¿Por qué lloras?
- ¡Ay! Mi querida Anita, no sé cómo decirte esto, -le dijo su mamá entre sollozos-. Anoche… Anoche perdimos a la Abuela Ana… Falleció.
- ¿Cómo? -preguntó la niña perpleja.
- Lo siento mucho, querida, -le dijo su madre, abrazándola-. Yo sé cuanto amabas tú a la Abuela Ana.
- No, mamá, estás equivocada -exclamó la pequeña-. La Abuela Ana se fue con las Hadas. ¡Yo la ví volar desde su ventana!

Y su madre, devastada por el dolor, no pudo contradecirla y prefirió que la pequeña creyera que su querida Abuela se había ido con las hadas.

Sin embargo, poco tiempo después de la muerte de la Abuela Ana, su madre le prohibió a la pequeña Ana hablar de las hadas y mucho menos creer en ellas. Pero, todas las noches, antes de dormir, la niña recordaba las historias que su abuela le contaba y el sueño que había tenido.

“Si quiero que las hadas me inviten a su país tengo que creer siempre en ellas” se decía la pequeña antes antes de caer profundamente dormida.

Con esta creencia siempre presente en su mente y en su corazón el tiempo pasó y la pequeña Ana se convirtió en una mujer, tuvo una hija a la que llamó Ana, a la cual nunca le gustaba visitar a su abuela. Porque ella no creía en las hadas y siempre la regañaba y peleaba cada vez que le pedía a su mamá que le contara alguna historia sobre las hadas.

El tiempo siguío pasando, y la pequeña, ya mujer, Ana, perdió a su mamá y, años después, recibió la noticia de que su hija Ana la convertiría en Abuela. Y así una nueva Ana llegó a la familia.

Al igual que lo hacía la antigua Abuela Ana, la nueva Abuela Ana le contaba todas las historias que había aprendido de antecesora a su nieta, porque ella nunca había dejado de creer en las hadas.

Una noche, mientras le contaba historias sobre hadas a su nieta, una hada se coló a la habitación y la nueva Abuela Ana la reconoció enseguida, porque era la misma hada que había visto en sus sueños hace mucho tiempo.

- ¿Vienes por mí, verdad? -le preguntó la Abuela Ana al Hada, muy emocionada-. ¿Llegó mi tiempo para visitar el País de las Hadas?
- Sí, -asintió el Hada-. Sí quieres venir, abre la ventana para que mis amigas vengan por tí y partamos ahora mismo.
- ¡Yo también quiero ir! -protestó la nueva pequeña Ana.
- Eres muy joven para visitar el país de las hadas, querida, ¿recuerdas la historia que te conté sobre la primera vez que ví un hada? -le preguntó su abuela.
- Sí.
- Bueno, entonces recuerda lo que tienes que hacer de ahora en adelante si algún día quieres visitar el País de las Hadas.
- Creer en ellas por toda mi vida -respondió la pequeña sonriendo.
- Muy bien, querida, ahora, por favor, abre la ventana.

Al igual que en su sueño hace muchos, muchos años, cientos de hadas entraron volando por la ventana, cargaron a la nueva Abuela Ana y se la llevaron volando por los cielos, mientras su nieta la despedía con su mano encaramada en el alféizar.

El viaje por el cielo fue espléndido, el viento le acariciaba el arrugado rostro y hacía que canas de la Abuela Ana bailaran en el aire. Pero a su parecer, todo pasó muy rápido, porque en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en un hermoso jardín lleno de flores y árboles gigantes, con cientos de hadas volando por todas partes.

- ¡Ana! ¡Querida Ana! ¿Eres tú? -escuchó una voz que la llamaba.

Y cuando la nueva Abuela Ana miró a su lado, vio a su abuela corriendo hacia ella.

- ¡Abuela! -gritó y corrió a abrazarla-. ¡No puedo creer que aún sigas viva!
- Aquí, en el país de las hadas, nadie nunca muere -explicó la antigua Abuela Ana, abrazando fuertemente a su nieta.
- ¿Y mi mamá? -preguntó la nueva Abuela Ana, buscando con su mirada por todas partes.
- Lo siento querida, pero bien sabes que mi hija nunca creyó en las hadas.

Soltando una pequeña lágrima, la nueva Abuela Ana, abrazó de nuevo a su abuela. Y luego, con una sonrisa le dijo:

- No importa, cuando sea el momento adecuado conocerás a mi hija y a mi nieta, porque estoy segura que ellas sí vendrán, porque yo les conté todas las historias que tú me enseñaste.
- ¡Eso espero, querida! ¡Me encantaría conocer a mi bisnieta y a mi tataranieta! -exclamó la antigua Abuela Ana y, extiéndele la mano a su nieta le dijo-, pero mientras esperamos, ven, tengo muchos lugares que mostrarte y no te imaginas la cantidad de nuevas historias que tengo por contarte.

Fin.

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lunes, junio 24, 2019

1325 - El Príncipe de la Casa.

Sir Helder Amos | lunes, junio 24, 2019 |
Cuando volví a casa de mis padres durante las vacaciones de verano, me sentía muy nervioso, porque desde que me había ido a estudiar en la universidad, el trato de mis padres hacía mí había cambiado. Antes ellos eran estrictos, fríos y calculadores, pero desde que me fuí, sus mensajes y videollamadas estaban llenos de amor y calidez.

Así que antes de entrar a casa me quedé parado frente a la puerta, nervioso y ansioso por ver cómo me tratarían mis padres al tenerme de regreso por unas semanas.

Afortunadamente, mi gato fue el primero en verme y se acercó a mi para rozar su cuerpo contra mis pierna. Lo que me hizo relajarme y lléname de valor para entrar a casa. Así que abrí la puerta y ambos entramos.

Al escuchar la puerta, mi mamá se asomó desde la cocina que estaba al fondo de la casa y, al verme, se le cayó el plato que estaba sosteniendo y pegó un grito emocionada:

- ¡Ya volvió! ¡Ya volvió! ¡Antonio! ¡El Príncipe ya volvió! -le anunció a mí papá, que se encontraba en el piso de arriba.
- ¡¿Ya volvió el Príncipe?!
- ¡Sí, Antonio, baja, rápido! ¡Ya volvió!

Ante tanta emoción por mi regreso a casa, me sentí un poco incomodo y apenado, mis padres nunca habían sido tan afectivos conmigo, así que me puse rojo como un tomate.

- Pero no te quedes ahí, parado, ven, mi príncipe querido, ven a la cocina para prepararte algo de comer -exclamó mi mamá, así que cargue a mi gato y me fuí a la cocina con él entre mis manos, acariciando su pelaje para mantener mis nervios bajo control.

- Disculpa que no te haya preparado algo más delicioso -se excusó mi mamá, mientras abría unas latas de atún-. Pero no sabíamos cuándo volverías, mi príncipe querido.
- Yo les avise que hoy regresaba -respondí, recordando haberles envíado un mensaje-. Y no te preocupes por la comida, mamá, recuerda que a mi me gusta comer de todo.

Al escuchar mi respuesta, mi mamá se volteó y me dedicó una mirada perpleja y una sonrisa forzada. Mientras tanto, escuchaba los pasos de mi papá bajar las escaleras.

- ¿Dónde está? -gritó-. ¿Dónde está el Príncipe de esta casa?
- ¡Aquí en la cocina! -le respondí, con una gran sonrisa, porque me estaba empezando a agradar tanta atención y cariño por parte de mis padres.

Al entrar a la cocina, mi papá pegó un grito de emoción:

- ¡Aquí está mi Príncipe! ¡Pensé que nunca regresarías! -exclamó, abriendo sus brazos.

Emocionado, me acerqué para abrazarlo pero cuando me doble para soltar al gato, mi papá también se dobló y lo agarró antes de que yo lo pusiera en el piso.

- ¡No te vuelvas a perder así, Príncipe, que nos tenías preocupados! -exclamó mi papá, regañando al gato y alzándolo en el aire.
- Muy, muy preocupados -añadió mi mamá, acercándose a mi papá con un plato lleno de atún-. Ponlo en el piso, Antonio, para que coma algo que debe estar hambriento.
- ¡Claro! ¡Si tiene tres días desaparecido! -dijo mi papá, acariciando al gato y poniéndolo en el piso.

Tras un pequeño maullido, el gato se puso a comer mientras mis padres, tomados de la mano, lo veían com una gran sonrisa en sus rostros.

Y luego, después de un largo rato, cuando el gato casi había terminado su plato de atún, fue que mi padre me miró y notándome por primera vez me dijo:

- ¡Eh! ¡Hijo! ¿Qué tal el viaje?

Fin.

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miércoles, junio 19, 2019

1324 - La Dominatrix.

Sir Helder Amos | miércoles, junio 19, 2019 |
Pretendía enamorarla regalándole rosas, chocolates y peluches. Sin sospechar que detrás de aquel hermoso y angelical rostro, lo que ella deseaba era un par de esposas, un látigo y muchos atuendos de cuero negro.

Fin.

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jueves, junio 06, 2019

1323 - La Mujer Vainilla.

Sir Helder Amos | jueves, junio 06, 2019 |
Por dónde quiera que pasaba, hacía que todos voltearan su mirada gracias al rastro que su caro y delicioso perfume de vainilla dejaba. Pero de nada valía su delicioso aroma, porque todo aquel osado que se atrevía conocer su esencia terminaba con un mal sabor de boca.

Fin.

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jueves, mayo 30, 2019

1322 - La Pesadilla.

Sir Helder Amos | jueves, mayo 30, 2019 |
Se sentó súbitamente en la fría cama, estaba bañado en sudor y su corazón le latía rápidamente. Miró a su alrededor y pasó su mano por el otro lado vacío de la cama. Al comprobar que no había nadie, soltó un suspiro y se llevó las manos a la cara antes de comenzar a llorar desconsoladamente.

Lágrimas de frío, miedo, ansiedad y desesperación bañaron su rostro, mientras su corazón seguía latiendo a millón. De pronto, sintió un roce en su pierna. Y, aterrado, levantó la mirada preguntándose cómo podía ser posible si estaba solo, ¿acaso todo no había sido una pesadilla?.

De nuevo, miró a su alrededor, tiritando, pero confirmó que estaba solo. Sin embargo, sintió otro roce en su pierna y palideció. Segundos después, un golpé en su estómago...

Se sentó súbitamente en la fría cama, estaba bañado en sudor y su corazón latía rápidamente. Miró a su lado y allí estaba, su amor dormía plácidamente con sus piernas montadas sobre las de él mientras lo abrazaba por el estómago.

- ¿Todo bien, querido? -le preguntó, entre abriendo sus azules ojos.
- Sí, amor, solo tuve un mal sueño -le respondió, peinándose con las manos.
- ¿El monstruo de nuevo?
- No, esta vez no fue el monstruo, fue mucho peor, nunca antes había tenido una pesadilla tan horrible.

Fin.

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lunes, mayo 27, 2019

1321 - Los Monos y el Cazador.

Sir Helder Amos | lunes, mayo 27, 2019 |
En una esquina de aquella ciudad tan agitada, tres monos se sentaban,  todas las mañanas, en el alto muro que debía de mantenerlos encerrados a mirar a los citadinos pasar.

Estos monos no eran como sus sabios antepasados 🙉🙈🙊, si no que eran muy tontos e irrespetuosos, así que desde la altura y seguridad que su muro les brindaba, pasaban la mañana burlándose de todos los citadinos que pasaban para divertirse un rato y darle sentido a su vacía y miserable vida.

- ¡Mira esa narizona! ¡Nariz de tucán! -le gritó uno a una mujer que pasaba, para que los otros dos se rieran.
- ¡Mira a esa mujer, que bella con su pelo largo! -le gritó otro, a un hombre de pelo largo, y los otros dos monos se destornillaron de la risa.
-  ¡Ahí viene el mongólico! ¡El mongólico! ¡Cuidado los chispea con su baba! -gritó el tercero, señalando al pobre hombre con discapacidad, para que los otros dos se rieran.

Pero a pesar de sus comentarios impertinentes y su falta de respeto, la gente que pasaba por debajo de los monos era más inteligente que ellos, y solo se limitaban a voltear los ojos 🙄 y seguir su camino ignorándolos, porque sabían que discutir con ellos era solo una pérdida de tiempo.

Sin embargo, en un soleado día de verano, los tres monos vieron a un hombre vestido de manera muy peculiar con unos pantalones cortos color beige, un chaleco y un salacot del mismo color; así que al ser un target perfecto aprovecharon para burlarse de él:

- ¿Y dónde es el safari? -le preguntó uno.
- ¿Se te perdió la selva? -le preguntó otro.
- ¡Este es tan feo que no necesita rifle para cazar! Les apuesto que a lo qué los animales lo ven se mueren del susto -comentó el tercero, lo que generó una carcajada entre los tres monos.

El cazador escuchó los insultos de los monos sin enojarse. Pero cuando estos se callaron, sacó un pequeño revólver de sus bolsillo y ¡Pum 💥!, ¡Pum 💥!, ¡Pum 💥! mató a los tres monos y siguió con su camino.

El cazador no volvió a pasar por aquella esquina por temor a que alguien le reclamara el asesinato de los monos, pero en realidad las personas que la concurrían todos los días nunca notaron la ausencia de estos.

Fin.

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lunes, mayo 13, 2019

1320 - El Pesimista y el Rebelde.

Sir Helder Amos | lunes, mayo 13, 2019 |
- ¿Y por qué no lo intentas?
- ¿Para qué? Si ya sé que todo va a salir mal.
- Eso no lo sabes, ni lo sabrás hasta que lo intentes.
- No, de eso estoy seguro, conmigo se aplica la Ley de Murphy
- ¿Y acaso nunca has escuchado el dicho que dice que las leyes se hicieron para romperse? -le preguntó, quitándose la chaqueta de cuero rojo y lanzándosela en la cara- ¡Pruébatela e inténtalo!

Fin.

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