Pasó horas dando forma al mango. Pero cuando comenzó a trabajar en la fina hoja de la espada, aplicó demasiada fuerza y el metal se partió.
Enojado, tiró su trabajo a un lado y empezó de nuevo.
En el segundo intento, la hoja le quedó bien, pero el mango era demasiado pequeño. Frustrado, también lo desechó y volvió a comenzar.
Y así sucedió una y otra vez. Cada pequeño error bastaba para que el herrero, se enojara consigo mismo y exasperado, botara su trabajo y empezara desde cero.
Hasta que, después de muchos intentos, logró forjar la espada de sus sueños y cuando la sostuvo frente a sus ojos, apenas podía creerlo.
Era incluso mejor de lo que había imaginado.
—Si la hubiera hecho bien desde el primer intento, me habría ahorrado tantas horas de trabajo… —se dijo.
En ese instante, algo llamó su atención. Con el rabillo del ojo vio la espada de su primer intento.
La recogió por curiosidad y la comparó con la que acababa de terminar.
Entonces sonrió, asombrado y orgulloso de su trabajo.
—¡Ja! Quién lo hubiera pensado… Al final, todos esos errores sí valieron la pena.
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