Fin.
1037 - Medusa y el Basilisco
Sir Helder Amos | martes, octubre 25, 2016 |
Cuando sus miradas se cruzaron, se quedaron como petrificados por el odio y envidia que se tenían.
1036 - El perro maravilla.
Sir Helder Amos | sábado, octubre 22, 2016 |
Ese día, en la escuela, después de que todos en la clase hubieran presentado a su superhéroe favorito y hablado un poco de sus superpoderes y de sus hazañas, cuando finalmente le tocó el turno a Andrea, esta sacó, con manos temblorosas, una foto de su perro y, antes de que sus compañeros pudieran burlarse porque su mascota no era un superhéroe, expuso con voz firme:
- Mi superhéroe preferido es mi perro porque, sin importar cuán mal me sienta o qué tan duro haya sido mi día, tan pronto llego a casa y escucho sus ladridos, tiene el superpoder de hacerme sentir de maravilla.
Fin.
1035 - ¡Te amo!
Sir Helder Amos | miércoles, octubre 19, 2016 |
- ¿Qué dijiste? -le preguntó, escéptico, sin poder creer lo que acaban de escuchar sus oídos.
Fin.
1034 - La tragaperras.
Sir Helder Amos | domingo, octubre 16, 2016 |
Cuando escuchó el carro de su mujer entrar al estacionamiento de la casa, interrumpió la partida de póker con sus amigos y gritó:
- ¡Llegó la tragaperras! ¡Rápido! ¡Recojan todo! -mientras buscaba, apresurado, el control del televisor y ponía el juego de fútbol.
Consternados y sin tener tiempo para pedir explicaciones, sus amigos recogieron y escondieron todo rápidamente, así que cuando la mujer entró en la casa, los encontró sentados en el sofá viendo el partido y, tras mirarlos perspicazmente, los saludo:
- Hola amor, hola chicos, ¿cómo están? ¿Viendo el juego?
- Sí -respondieron todos al unísono, sin apartar la mirada del televisor.
Sin decir nada más y tras volver a mirarlos viciosamente, la mujer subió las escaleras y se encerró en su recámara.
- ¡¿Qué demonios fue todo eso?! -preguntó uno de los amigos, al escuchar la puerta de la habitación cerrarse.
- ¿La tragaperras? -preguntó otro.
- Disculpen, pero ya saben cómo es mi mujer, si nos hubiera encontrado jugando y hubiera visto todo lo que había ganado, se hubiera empeñado en que, como una tragaperras, gastara en ella hasta el último centavo.
- ¡Llegó la tragaperras! ¡Rápido! ¡Recojan todo! -mientras buscaba, apresurado, el control del televisor y ponía el juego de fútbol.
Consternados y sin tener tiempo para pedir explicaciones, sus amigos recogieron y escondieron todo rápidamente, así que cuando la mujer entró en la casa, los encontró sentados en el sofá viendo el partido y, tras mirarlos perspicazmente, los saludo:
- Hola amor, hola chicos, ¿cómo están? ¿Viendo el juego?
- Sí -respondieron todos al unísono, sin apartar la mirada del televisor.
Sin decir nada más y tras volver a mirarlos viciosamente, la mujer subió las escaleras y se encerró en su recámara.
- ¡¿Qué demonios fue todo eso?! -preguntó uno de los amigos, al escuchar la puerta de la habitación cerrarse.
- ¿La tragaperras? -preguntó otro.
- Disculpen, pero ya saben cómo es mi mujer, si nos hubiera encontrado jugando y hubiera visto todo lo que había ganado, se hubiera empeñado en que, como una tragaperras, gastara en ella hasta el último centavo.
Fin.
1033 - Un sueño de amor.
Sir Helder Amos | jueves, octubre 13, 2016 |
Cuando despertó súbitamente, un poco después de la media noche, lo hizo con el corazón acelerado y una gran sonrisa en su rostro; sin embargo, cuando miró al otro lado de la cama y lo encontró tan frío y solitario como siempre había estado, descubrió que todo había sido un sueño y, abrazando fuertemente su almohada, se puso a llorar hasta que se volvió a quedar profundamente dormido.
Fin.
1032 - El demonio del bosque.
Sir Helder Amos | lunes, octubre 10, 2016 |
Lo primero que escuchó la sacerdotisa al llegar a la aldea fueron las suplicas de sus habitantes para que exorcizara el terrible demonio del bosque que la rodeaba, debido a que estaba acabando, poco a poco, con sus vidas, porque cada tres días desaparecía uno de los cazadores, taladores o recolectores que se adentraban en él para buscar carne, leña o frutas.
Al día siguiente, el tercero después de la última desaparición, la sacerdotisa no permitió que nadie ingresara en el bosque, y se adentró ella misma en él para complacer a los aldeanos y rezar algunas oraciones.
Durante su camino, la sacerdotisa se paseó por entre los esplendorosos árboles del bosque, apreciando su belleza y sus deliciosos olores, hasta que llegó a un pequeño claro, donde puso manos a la obra.
Sacando de uno de sus bolsillos un frasquito que contenía un misterioso polvillo blanco, la sacerdotisa lo utilizó para dibujar un círculo y varios símbolos extraños en el piso del frondoso claro y, luego, se paró en el centro de éste a hacer sus oraciones. Pero no había comenzado bien a rezar, cuando, de entre los arbustos, saltó un majestoso conejo, tan blanco como la nieve y con dos grandes ojos de distintos colores: uno tan rojo como la sangre y el otro tan azul cómo el cielo en un día soleado, que se detuvo a un par de metros de ella a observarla, moviendo sus largas y delicadas orejas con curiosidad.
Al percatarse de que tenía compañía, la sacerdotisa guardó silencio y, encantada por la belleza del animal, se arrodilló para llamarlo y poder acariciarlo. Pero al ver que este no se acercaba, la sacerdotisa dio un paso hacia él, saliéndose del círculo que había dibujado y, tan pronto lo hizo, el mullido y majestuoso conejo blanco saltó sobre ella, quien empezó a acariciarlo plácida y frenéticamente.
Luego de pasar un par de horas acariciando el suave pelaje del conejo, la sacerdotisa descubrió que a pesar del hambre, sed y sueño que tenía, no podía detenerse porque, por más que quisiera o intentara soltar al animal, su cuerpo no respondía y durante los próximos tres días no hizo más que acariciar a aquel misterioso conejo blanco hasta que cayó sin vida sobre el piso del frondoso claro.
Y una vez libre, el conejo, dando pequeños saltitos, se perdió entre los arbustos buscando a su próxima víctima.
Al día siguiente, el tercero después de la última desaparición, la sacerdotisa no permitió que nadie ingresara en el bosque, y se adentró ella misma en él para complacer a los aldeanos y rezar algunas oraciones.
Durante su camino, la sacerdotisa se paseó por entre los esplendorosos árboles del bosque, apreciando su belleza y sus deliciosos olores, hasta que llegó a un pequeño claro, donde puso manos a la obra.
Sacando de uno de sus bolsillos un frasquito que contenía un misterioso polvillo blanco, la sacerdotisa lo utilizó para dibujar un círculo y varios símbolos extraños en el piso del frondoso claro y, luego, se paró en el centro de éste a hacer sus oraciones. Pero no había comenzado bien a rezar, cuando, de entre los arbustos, saltó un majestoso conejo, tan blanco como la nieve y con dos grandes ojos de distintos colores: uno tan rojo como la sangre y el otro tan azul cómo el cielo en un día soleado, que se detuvo a un par de metros de ella a observarla, moviendo sus largas y delicadas orejas con curiosidad.
Al percatarse de que tenía compañía, la sacerdotisa guardó silencio y, encantada por la belleza del animal, se arrodilló para llamarlo y poder acariciarlo. Pero al ver que este no se acercaba, la sacerdotisa dio un paso hacia él, saliéndose del círculo que había dibujado y, tan pronto lo hizo, el mullido y majestuoso conejo blanco saltó sobre ella, quien empezó a acariciarlo plácida y frenéticamente.
Luego de pasar un par de horas acariciando el suave pelaje del conejo, la sacerdotisa descubrió que a pesar del hambre, sed y sueño que tenía, no podía detenerse porque, por más que quisiera o intentara soltar al animal, su cuerpo no respondía y durante los próximos tres días no hizo más que acariciar a aquel misterioso conejo blanco hasta que cayó sin vida sobre el piso del frondoso claro.
Y una vez libre, el conejo, dando pequeños saltitos, se perdió entre los arbustos buscando a su próxima víctima.
Fin.
1031 - El robot humano.
Sir Helder Amos | jueves, octubre 06, 2016 |
Cuando llegó corriendo al trabajo, preocupado porque su alarma no había sonado y se había quedado dormido, se consternó mucho al encontrarse con que la oficina estaba cerrada. Pero todas sus dudas se dispersaron cuando, antes de sacar su celular para llamar a su jefe, escuchó las campanas de una iglesia distante y recordó que era domingo, el único día libre que tenía.
Fin.
1030 - El fantasma de la abuela
Sir Helder Amos | lunes, octubre 03, 2016 |
- ¡¿Qué fue eso?! -le pregunté a mi madre, mientras hablaba con ella por teléfono, después de escuchar el estallido de un vidrio al otro lado de la línea-. ¡¿Estás bien?!
- Sí, tranquila, hija, solo fue un vaso que se cayó.
- ¿Y papá? ¿Está bien? ¿No le pasó nada?
- No, tu papá está arriba.
- ¡¿Y a quién se le cayó el vaso?!
- A nadie, querida, no te preocupes, estaba sobre la mesa y se cayó.
- Pero, ¿Cómo, mamá?
- Se cayó solo, querida, tú sabes la condición en la que heredamos esta casa.
- Ay, mamá, ¿Y por qué no la venden? ¿Por qué no se vienen a vivir conmigo? ¿Por qué no hablas con papá y tratas de convencerlo? ¿No les da miedo?
- Sí, mucho, no sabes cuánto quisiera yo mudarme, querida, pero tú conoces a tu padre, él nunca abandonará esta casa mientras que tu abuela siga aquí.
- Sí, tranquila, hija, solo fue un vaso que se cayó.
- ¿Y papá? ¿Está bien? ¿No le pasó nada?
- No, tu papá está arriba.
- ¡¿Y a quién se le cayó el vaso?!
- A nadie, querida, no te preocupes, estaba sobre la mesa y se cayó.
- Pero, ¿Cómo, mamá?
- Se cayó solo, querida, tú sabes la condición en la que heredamos esta casa.
- Ay, mamá, ¿Y por qué no la venden? ¿Por qué no se vienen a vivir conmigo? ¿Por qué no hablas con papá y tratas de convencerlo? ¿No les da miedo?
- Sí, mucho, no sabes cuánto quisiera yo mudarme, querida, pero tú conoces a tu padre, él nunca abandonará esta casa mientras que tu abuela siga aquí.
Fin.
1029 - La mujer y la otra.
Sir Helder Amos | jueves, septiembre 29, 2016 |
Cuando regresó de la hora del almuerzo, se encontró con dos mensajes en su bandeja de correo: el primero era de su mujer que decía: "Los niños se quedarán en la escuela hasta tarde, ¿qué te parece si vamos al cine? Sólo tú y yo, cómo en los viejos tiempos" y sin ni siquiera revisar su agenda, soltó un bufido y le respondió: "No puedo, tengo una reunión importantísima con los inversionistas esta tarde".
Luego, cuando leyó el segundo mensaje, que era de la otra y decía: "Estoy aburrida. Vamos a vernos." su corazón dio un brinco y llamó a su secretaría para que cancelara todas sus citas, a pesar de no tener ninguna, y le respondió: "Ya voy por ti."
Luego, cuando leyó el segundo mensaje, que era de la otra y decía: "Estoy aburrida. Vamos a vernos." su corazón dio un brinco y llamó a su secretaría para que cancelara todas sus citas, a pesar de no tener ninguna, y le respondió: "Ya voy por ti."
Fin.
1028 - El robot sagaz.
Sir Helder Amos | martes, septiembre 27, 2016 |
Tan pronto cobró vida y vio a su desaliñado creador reírse lunáticamente antes de empezar a brincar y correr por todo el laboratorio gritando: "¡Está vivo! ¡Está vivo!"; estiró su brazo y jaló todos los cables que lo conectaban a la fuente de poder para generar un corto circuito y apagarse para siempre.
Fin.
1027 - Síndrome de Estocolmo.
Sir Helder Amos | sábado, septiembre 24, 2016 |
- ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué yo? ¡Déjame ir! ¡Por favor! -le supliqué a mi captor con lágrimas en los ojos, luego de que finalmente me hubiera sacado aquel trapo sucio y maloliente de la boca.
- ¿Por qué tú? ¿En verdad quieres saberlo? -me preguntó, con una chispa en sus grandes y oscuros ojos.
- ¡Sí! ¡No tengo dinero, ni soy famosa, ni nada, soy una cualquiera! ¿Por qué me haces esto? ¡Por favor! ¡Déjame ir!
- ¡Shhh! ¡Cállate! ¡O te vuelvo a amordazar! A ver... ¿Por qué tú?.. En verdad no puedo creer qué me preguntes eso, si tú sabes muy bien porque lo hago... ¡Shhh!.. Sí, no me mires con esos dulces ojos, porque tú sabes que te he escogido porque eres perfecta. Sí, PER-FEC-TA, en todos los sentidos, eres bella, inteligente, interesante, culta, siempre eres la primera en todo y nadie puede igualarte. Y si tenía que escoger a alguien, ¿por qué no escoger a la mejor de todas? ¿Por qué no escogerte a tí que resaltas entre las demás?
- ¡Porque yo no soy nada de eso! ¡Yo solo soy una más, cómo las demás!
- ¡Shhh! No, no, no, no digas eso -me dijo, colocando su largo y huesudo dedo índice sobre mis labios-. Tú eres bella, perfecta, la mejor de todas y nadie puede decir lo contrario.
- ¿En serio lo crees..? -le pregunté, titubeando.
-¿Qué cosa?
- Que soy bella... perfecta... -balbuceé, incapaz de creer que alguien tuviera una percepción tan buena de mí.
- ¡Claro que sí! ¡Si para mí eres como una Diosa!
- ¿Por qué tú? ¿En verdad quieres saberlo? -me preguntó, con una chispa en sus grandes y oscuros ojos.
- ¡Sí! ¡No tengo dinero, ni soy famosa, ni nada, soy una cualquiera! ¿Por qué me haces esto? ¡Por favor! ¡Déjame ir!
- ¡Shhh! ¡Cállate! ¡O te vuelvo a amordazar! A ver... ¿Por qué tú?.. En verdad no puedo creer qué me preguntes eso, si tú sabes muy bien porque lo hago... ¡Shhh!.. Sí, no me mires con esos dulces ojos, porque tú sabes que te he escogido porque eres perfecta. Sí, PER-FEC-TA, en todos los sentidos, eres bella, inteligente, interesante, culta, siempre eres la primera en todo y nadie puede igualarte. Y si tenía que escoger a alguien, ¿por qué no escoger a la mejor de todas? ¿Por qué no escogerte a tí que resaltas entre las demás?
- ¡Porque yo no soy nada de eso! ¡Yo solo soy una más, cómo las demás!
- ¡Shhh! No, no, no, no digas eso -me dijo, colocando su largo y huesudo dedo índice sobre mis labios-. Tú eres bella, perfecta, la mejor de todas y nadie puede decir lo contrario.
- ¿En serio lo crees..? -le pregunté, titubeando.
-¿Qué cosa?
- Que soy bella... perfecta... -balbuceé, incapaz de creer que alguien tuviera una percepción tan buena de mí.
- ¡Claro que sí! ¡Si para mí eres como una Diosa!
Fin.
1026 - El Dorado.
Sir Helder Amos | miércoles, septiembre 21, 2016 |
A pesar de que el guía turístico nos había advertido de que no debíamos separarnos del grupo, mientras caminaba por aquellas verdes y maravillosas montañas, sentí cómo estas me susurraban al oído y me incitaban a que me adentrara en ellas, cautivado por su belleza y la dulce voz que despertaba mis instintos, me separé del grupo y me perdí entre las colinas.
Siguiendo aquel misterioso susurro, caminé, o mejor dicho, corrí por horas, embelesado por la magnificencia del verde y oloroso pasto lleno de flores que cubría las montañas y los animales tan dóciles y peculiares que nunca antes había visto en mi vida, sin ni siquiera cansarme, me alimenté de las bayas y frutos que conseguía en mi camino y, al anochecer, como si fuera un cuento de hadas, dos hermosas llamas blancas como la nieve se acercaron a mí y pude dormir acurrucado entre ellas sin pasar ni un solo momento de frio.
Al día siguiente seguí mi camino y, al atardecer, descubrí que aquel susurro me había guiado hasta un antiguo pueblo hecho de oro macizo: desde la más pequeña cucharilla para postre, hasta la más grande edificación. Y a pesar de la molestia que ocasionaba el resplandor del sol sobre las brillantes y relucientes superficies de oro que me rodeaban, mis ojos aún no podían creer lo que veían.
Tras confirmar mis sospechas de que el pueblo estaba desierto, llené mis dedos de anillos, mi cuello de collares y mis bolsillos con todo lo que encontré, antes de emprender mi viaje de regreso, fijándome muy bien en el camino para poder volver y reclamar aquella ciudad dorada solo para mí. Pero el retorno no fue tan fácil cómo lo imaginé, porque a pesar de que pensé que estaba siguiendo la misma ruta por la que había llegado, las montañas estaban áridas, sin ningún árbol o arbusto con frutos del cual pudiera alimentarme y, esta vez, ninguna llama se acercó a calentar mis frías noches, sin mencionar que me sentía perdido al no escuchar aquel misterioso susurro dentro de mí.
Así que poco a poco, tuve que ir deshaciéndome de mi botín hasta que me quedé sin nada, porque el oro que llevaba en mis bolsillos pesaba mucho y me cansaba muy rápidamente, mientras que los anillos y collares que tenía sobre mi cuerpo se calentaban y me quemaban por los despiadados rayos del imponente sol del mediodía. Y lo más curioso de todo esto, es que no fue hasta que me despojé del último anillo que pude encontrar el camino de regreso al hotel, donde me esperaba el guía turístico tan preocupado y enfadado que no creyó ni una sola palabra de mi aventura.
Fin.
1025 - El pastel.
Sir Helder Amos | domingo, septiembre 18, 2016 |
Utilizando su ingrediente secreto, le preparó un delicioso pastel de cumpleaños a su amado para que sintiera con cada bocado todo el amor, cariño y devoción que sentía por él. Sin embargo, cuando éste llegó a casa y vio el pastel sobre la mesa, se le lanzó encima y empezó a comerlo grotescamente con las manos, sin ni siquiera agradecer a su mujer por el regalo; quién lo veía desde el rincón de la cocina, con lágrimas en los ojos, recordando todos los momentos que habían vivido juntos y dándose cuenta que toda su relación se resumía en ese momento. Porque a pesar de que ella lo amaba y sería capaz de hacer cualquier cosa por él; para él ella no era más que un suculento pedazo de pastel.
Fin.



