domingo, julio 24, 2016

1009 - La gran herencia.

Sir Helder Amos | domingo, julio 24, 2016 |
- ¿Tú no eres el hijo de los Williams? -le preguntó el doctor al muchacho que iba pasando por uno de los pasillos de la clínica.
- Sí. Dr. Defoe ¿Cómo está?
- Bien, muchacho, ¡cuánto has crecido! Casi no te reconocía, ¿qué haces por acá? 
- Vine a recoger la gran herencia que me dejaron mis padres -respondió el muchacho, blandiendo en el aire el sobre blanco que tenía en sus manos.
- ¡¿Se murieron el Sr. y la Sra. Williams?! ¡Vaya! ¡Mi sentido pésame, muchacho!
- ¡Jajaja! No, no, doctor, mis padres siguen vivos.
- ¿Y entonces? ¡No bromees con esas cosas muchacho!
- Pero no es mentira, doctor, mire -dijo el muchacho entregándole el sobre que contenían los resultados de sus exámenes-. Confirmado, diabético como mi madre e hipertenso como mi padre.
- ¡Ah! ¡Ya entiendo! -vociferó el doctor, rompiendo en carcajadas-. ¡Vaya herencia que te dejaron!
- Sí. Y yo que esperaba un Ferrari.

Fin.

martes, julio 19, 2016

1008 - El superpoder de la autoridad.

Sir Helder Amos | martes, julio 19, 2016 |
El día que se graduó de la academia de policía y recibió su medalla, sintió que con ella también le otorgaban el superpoder de la autoridad y, poco a poco, a medida que recorría las calles con su uniforme y su medalla, fue confirmando su superpoder, cada vez que los ciudadanos lo respetaban y se detenían cuando les alzaba la mano estirada o les decía: "Alto".

Un día, cuando los mafiosos más peligrosos de la ciudad robaron el banco, el joven policía, quien estaba cerca del lugar de los hechos y presenció cómo los maleantes escapaban en un coche  rojo, confiado de su superpoder, se paró en medio de la carretera, alzó la mano estirada y gritó: "¡Alto!" para que los ladrones detuvieran su auto y fueran apresados por la autoridad.

Sin embargo, los malhechores no consideraron ni por un segundo detenerse y, en cambio, pisaron más fuerte el acelerador del vehículo, arrollando a toda velocidad al joven policía.

Y fue en ese momento, segundos antes de su muerte que, tirado en el caliente pavimento y bañado en su propia sangre, descubrió que la autoridad no brinda ningún superpoder.

Fin.

sábado, julio 16, 2016

1007 - El reloj procrastinador.

Sir Helder Amos | sábado, julio 16, 2016 |
A pesar de todas las cosas que tenía que hacer, no quería levantarme de la cama, así que miré el reloj y, al ver que eran las 3:30 p.m., me dije: "a las 4:00 p.m. comienzo". De tal forma, me quedé descansando, mirando como las manecillas del reloj se movían lentamente, acercándose, con cada segundo, a la hora que había fijado para levantarme.

Sin embargo, a lo que el reloj marcó las 3:59 p.m. se detuvo y, a pesar de que el tiempo sigue corriendo, yo sigo acá, en cama, esperando que sean las 4:00 p.m. para levantarme.

Fin.

martes, julio 12, 2016

1006 - El psiquiatra.

Sir Helder Amos | martes, julio 12, 2016 |
Cuando entró en consultorio del mejor psiquiatra de la ciudad se quedó pasmado y pensó, por unos segundos, que realmente estaba loco, porque cuando vio que las paredes estaban cubiertas de tapices de un bosque encantado y que, en vez de un diván o un escritorio, en el centro de la habitación había, en cambio, una larga mesa llena de platos, tazas y teteras; con un hombre vestido de manera muy peculiar, que usaba un gran sombrero que tenía una nota pegada con los números "10/6", que estaba caminando muy cuidadosamente sobre la mesa para tratar de no pisar y quebrar ningún plato.

- Disculpe. ¿Este es el consultorio del psiquiatra?

Pero en vez de responder, el hombre del sombrero miró al recién llegado con ojos muy abiertos y una expresión sombría en su rosto y le preguntó:

- ¿Has visto al conejo blanco?
- No, disculpe, creo que me he equivocado de sala -se excusó, dando la vuelta sobre sus talones y abandonando el consultorio rápidamente.
- Bueno, -le susurró el hombre del sombrero a un pequeño conejo que sacó de uno de sus bolsillos- supongo que ese no estaba tan loco después de todo.

Fin.

domingo, julio 03, 2016

1005 - La victima del sistema.

Sir Helder Amos | domingo, julio 03, 2016 |
- ¡¡¡AAAAAHHHH!!! ¡¡¡Ya no puedo más!!! ¡Suenen la alarma! ¡Estoy loco! ¡Loco! -gritó, de la nada,  mi compañero de cubículo, desesperado, arrancándose la camisa y lanzando al aire todos los papeles que tenía en las manos-. ¡Suenen la alarma! ¡Qué vengan por mí! ¡No me importa! ¡Yo no estoy loco! ¡Los locos son ustedes, qué pasan sus días encerrados en estos cubículos de 2x2, creyendo que están viviendo! ¡Este sistema está podrido! ¡Esto no es vida!

Silenciosamente, presioné el botón rojo que tenía debajo de mi escritorio y vi como rápidamente aparecieron dos guardias para llevarse a mi compañero.

Después de que desaparecieron por la salida de emergencia y todo se calmó,  conté con mis manos los 6 casos de locura espontánea que habíamos vivido esa semana y, al mismo tiempo, me pregunté si yo sería la próxima víctima.

Fin.

miércoles, junio 29, 2016

1004 - La oveja negra.

Sir Helder Amos | miércoles, junio 29, 2016 |
A pesar de que no quería asistir a la reunión de la clase del '96, sentí mucha curiosidad por saber que había pasado con mis excompañeros de clases en estos 20 años que tenía sin verlos.

Desde el primer momento en el que entré al gran salón de la antigua universidad, supe que todo había cambiado y que nadie era la misma persona que mi mente recordaba. Y quedé impactado cuando comenzamos a pasar, uno a uno, a un gran podio para narrar nuestra historia y contar que habíamos hecho con nuestras vidas durante todo este tiempo, porque todos mis excompañeros ya estaban casados, tenían hijos y ocupaban grandes puestos de trabajo en compañías reconocidas.

Cuando llegó mi turno, me paré nerviosamente delante del micrófono y, tras pensarlo por un momento, me guarde las manos en los bolsillos y dije: "A diferencia de todos ustedes, sigo soltero, no tengo un gran trabajo, y en estos 20 años descubrí la escritura, publiqué un libro y al día de hoy, a duras penas, logro sobrevivir con las regalías que me genera en una pequeña casa en la cima de una montaña."

Al escuchar mi historia, vi como varios de mis excompañeros de clases negaban lentamente con su cabeza y como otros murmuraban cosas ente ellos. Sin embargo, no les presté mucha atención y seguí conversando con mis amigos más allegados.

Después de que terminó la reunión, mientras manejaba montaña arriba, camino a casa, me quedé pensando lo que había sucedido cuando narré mi historia; y justo cuando mi mente empezó a compararse con mis excompañeros y a preguntarse si estaba haciendo algo mal con mi vida, un rebaño de grandes, gordas y lanudas ovejas blancas apareció de la nada y empezaron a cruzar muy lentamente la desolada carretera que transitaba.

A pesar de lo rápido que pasó todo, logré frenar justo a tiempo y ver, por varios minutos, las decenas de ovejas pasar, muy lentamente, frente a mi hasta que pasó la última y pude seguir mi camino, pensando en mis cosas.

Cuando finalmente llegué a casa, me lleve otra sorpresa al encontrar una gran oveja negra acostada sobre mi pequeño jardín, comiéndose, plácidamente, las flores que tanto me había costado cultivar; sin embargo,  pesar del enojo que sentía porque estaba arruinando mi jardín, no pude evitar sonreír al ver lo feliz que se veía y, en ese mismo momento, disipé las dudas que tenía durante el camino y supe que no había nada malo con mi vida.

Fin.

domingo, junio 26, 2016

1003 - El monstruo de la secadora.

Sir Helder Amos | domingo, junio 26, 2016 |
- ¡Falta otro calcetín! ¡Si seguimos así, el monstruo de la secadora nos va a dejar descalzos!
- ¿Qué monstruo de la secadora? ¿De qué hablas, amor? -preguntó el hombre, al escuchar a su mujer quejarse.
- Pues he comenzado a pensar que hay un monstruo en la secadora que todas las semanas se come uno de nuestros calcetines.
- ¡Jajaja! ¿Estás loca? ¿Qué es esa niñería? Los monstruos no existen -se burló el hombre, al ver la seriedad con la que hablaba su mujer-. Ven, voy a desarmar la secadora para demostrártelo y para que recojas todos los calcetines que deben estar atrapados ahí adentro.

Y efectivamente cuando el hombre desarmó la secadora, encontraron las decenas de calcetines que habían desaparecido.

- ¿Ves? ¿Qué te dije? No hay ningún monstruo de la secadora.
- Si eso es cierto, amor, entonces, ¿cómo me explicas esto? -le preguntó la mujer, aterrada,  al doblarse a recoger los calcetines y notar cómo todos estaban mordisqueados y desgarrados cómo si una fiera hubiera estado alimentándose de ellos.

Fin.

viernes, junio 24, 2016

*Especial: "La niña y su granja".

Sir Helder Amos | viernes, junio 24, 2016 |
Hola queridos lectores de 365 Microcuentos, hoy abro un paréntesis para traerles un Microcuento especial: "La niña y su granja." un cuento que escribió mi sobrino, Santiago, quien con tan solo seis años ya sueña con escribir un libro. Espero lo disfruten. 

La niña y su granja. 
Había una vez una niña llamada María que estaba en su casa y al lado de su casa había una granja. En la granja había vacas, cerdos, gallinas, todo. Entonces, todos los días María tiene que ir a alimentar a los animales, bañarlos, jugar con ellos. En 3 horas María tiene que regresar a la casa. 
En la casa, María tiene que bañarse, comer y dormir. Y todos los martes, María tiene que ir a la escuela. Pero María dice: no. Entonces, su mamá le sigue diciendo y no hace caso. Pero, todos los domingos, la mamá de María saca a María al parque, y si María se porta mal no la saca, y mañana es domingo y hoy, María se está portando mal. Entonces, mañana, la mamá de María no va a sacar a María al parque, porque María se está portando mal. 
En el siguiente día, hoy, María tiene que ir al parque, pero ayer se estaba portando mal. Entonces, la mamá de María no va a sacar a María al parque porque María se portó mal ayer. Vamos a ver si María se porta bien el próximo domingo. 
FIN. 

miércoles, junio 22, 2016

1002 - El psicólogo artista.

Sir Helder Amos | miércoles, junio 22, 2016 |
Cuando la secretaria del psicólogo descubrió accidentalmente la libreta de notas donde este, en vez de anotar datos y cosas relevantes de sus pacientes, dibujaba mientras ellos le contaban sus problemas; la presentó, sin decirle nada a su dueño, a un gran concurso de arte, el cual ganó debido a su  talento y lo convirtió en el primer psicólogo artista de su ciudad.

Fin. 

Epílogo: Después de ganar el premio, el psicólogo, agradecido con su secretaria por lo que había hecho, dejó su carrera al lado para convertirse en artista, pero no pudo crear más arte,  porque descubrió que solo podía dibujar cuando tenía un paciente en frente contándole sus problemas; sin embargo, cuando regresó a su consultorio, su secretaria le informó que ningún paciente quería ser atendido por él, porque sabían que él no los escucharía y, en cambio, se pondría a dibujar, aburrido, mientras ellos le contaban sus problemas.

Fin, fin.

Re-Epílogo: Enojado, culpando a su secretaria por todo lo que había sucedido, la despidió y le gritó que no la quería ver más nunca en su vida.

Re-Fin, fin.

lunes, junio 20, 2016

1001 - El grito de ayuda.

Sir Helder Amos | lunes, junio 20, 2016 |
- Buenas, siéntese, ¿qué la trae por acá?
- Estoy traumatizada, doctor, todas las mañanas, desde que pasó el accidente en las montañas, me despierto gritando: "¡¡¡Aquí estamos!!!".
- Cuénteme, ¿qué pasó en las montañas? -preguntó el psicólogo, haciendo anotaciones en su libreta.
- Lo recuerdo cómo si hubiera sido ayer, fue la peor experiencia de mi vida: un par de amigos y yo fuimos a esquiar en los Alpes; pero debido a que una gran ventisca arremetió contra nosotros cuando estábamos en la cima, nos tuvimos que refugiar en una caseta sin electricidad; sin embargo, debido a lo rápido que pasó todo y al frío que había, no nos dimos cuenta de que uno de nosotros faltaba y cuando lo hicimos ya era demasiado tarde. Recuerdo asomarme por la ventana de la caseta y ver la luz de la linterna de mi amigo que faltaba a lo lejos, así que, emocionada, abrí la ventana para gritarle donde estábamos, pero uno de mis compañeros me tapó rápidamente la boca al ver mi intención porque, según él, cualquier grito o ruido generaría una gran avalancha que nos sepultaría vivos a todos; por eso mi amigo no había gritado pidiendo ayuda, él lo sabía y por eso solo se limitaba a hacer señales de luz con su linterna. Y cuando intentamos hacer lo mismo, descubrimos que ninguno de los que estábamos en la caseta había traído linterna, así que no nos quedó más opción que ver cómo la luz de nuestro amigo se fue perdiendo hasta desaparecer entre la fuerte  y blanca ventisca, sin poder hacer nada.
- ¿Y qué sucedió con su amigo?
- Más nunca lo volvimos a ver, y siento que es mi culpa por no haberle gritado cuando vi su señal.

Fin.