1405 - La Polilla y La Mariposa

Polilla de terror volando con ojos rojos

Había una vez una polilla que nació en el clóset de una niña muy adinerada, a quien le encantaban las mariposas. Tenía dibujos de hermosas y coloridas mariposas por todas las paredes de su habitación, peluches de mariposas y hasta una pijama de mariposa que usaba casi todas las noches.

Desde que era una larva, la polilla escuchaba cómo los tutores de la niña le daban clases de valores. Le enseñaban que todos somos iguales, que no debemos juzgar a los demás por su apariencia y que lo que llevamos dentro es lo que realmente importa.

A través de la rendija del clóset, la pequeña polilla podía ver a la hermosa niña, escuchar y repetir sus lecciones con convicción y gracia.

— Un día, cuando salga de este clóset, voy a jugar con ella — se decía la polilla, cuando estaba en su periodo de pupa y soñaba con el momento en que finalmente pudiera extender sus alas y volar hacia la niña.

Pero cuando les contaba su sueño a sus hermanos y hermanas, estos se reían de ella.

— ¡La niña nunca va a querer jugar contigo! —le decían—. A ella le gustan las mariposas, y tú no eres una mariposa. ¡Eres una polilla!

Sin embargo, la polilla había escuchado tantas veces a la niña decir “todos somos iguales” y “lo de adentro es lo que importa”, que estaba convencida de que jugaría con ella como si fuera una mariposa más.

Hasta que, finalmente, en un caluroso día de verano, una hermosa mariposa se coló en la habitación de la niña.

Al verla, la pequeña gritó de regocijo y comenzó a perseguirla, lanzando sus brazos al aire de forma juguetona como si intentara atraparla. Pero sus movimientos asustaron a la mariposa, que salió volando rápidamente por la ventana.

Al verla escapar, la niña se puso muy triste y comenzó a llorar desconsoladamente.

La polilla, que había presenciado todo desde su escondite, pensó que aquella era la oportunidad perfecta para salir del clóset, consolar a la niña y cumplir su sueño de jugar con ella.

Así que se deslizó por la rendija del clóset y, aleteando delicadamente, voló hasta donde estaba la niña y se posó suavemente sobre su rodilla.

Al verla, la pequeña gritó.

Pero esta vez no fue un grito de regocijo, sino de horror e, instintivamente, la niña levantó la mano y aplastó a la polilla de un manotazo.

Fin.

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