Mientras el alquimista contemplaba, aburrido, el veneno que acababa de inventar, las campanas de su castillo sonaron.
Al abrir la puerta se encontró con un joven muy entusiasta.
— He venido desde muy lejos porque se dice que tienes la fórmula para convertir todo lo que tocas en oro. Por favor, acéptame como aprendiz — le rogó, bajando la cabeza.
El alquimista se quedó mirándolo por un momento, sorprendido. ¿Quién se creía aquel joven para molestarlo en su propio castillo? Pero, cuando estaba a punto de echarlo, recordó lo aburrido que estaba y cambió de opinión.
— Está bien, te tomaré como aprendiz, pero bajo una condición.
— Sí, la que sea — aceptó el joven sin siquiera escucharla.
— Que me obedezcas en todo lo que te diga y nunca me cuestiones.
— ¿Solo eso? — preguntó el joven.
Al ver que el alquimista arqueó una ceja, se apresuró a responder:
— ¡Está bien! ¿Por dónde empiezo? ¿Cómo puedo convertir todo lo que toco en oro?
— Primero tienes que aprender lo básico. Te faltan muchos años para llegar a ese nivel. ¿Estás seguro de que quieres seguir siendo mi aprendiz?
— ¡Sí!
— Entonces puedes comenzar por cortar uno de los árboles de mi jardín y hacer una mesa con su madera.
— ¿Una mesa? ¿Cómo una mesa…?
—Sí, una mesa — lo interrumpió el alquimista —. ¿Me estás cuestionando?
— No. ¿Dónde está el hacha?
El joven se puso a trabajar y, después de una semana, terminó su primera mesa, la cual le quedó un poco torcida.
— Ahora que tienes una mesa donde trabajar, quiero que tomes arcilla y me hagas una vasija.
— ¡Está bien! — aceptó el joven, aunque en su mente no dejaba de preguntarse cómo hacer una mesa o una vasija lo llevaría a convertir en oro todo lo que tocara.
Sin embargo, el joven se enfocó en la tarea que le había puesto el alquimista y en un día hizo una vasija, pero como era la primera que hacía, le quedó fea y escacharrada.
— ¡Esa vasija es un adefesio! — exclamó el alquimista al verla—. Haz otra.
Así que el joven hizo otra vasija.
Esta vez le quedó un poco mejor, pero todavía se notaba su falta de experiencia.
Al verla, el alquimista le ordenó que hiciera otra. Y luego otra. Y otra más. Incluso cuando el joven mejoró muchísimo en el arte de hacer vasijas, el alquimista seguía diciéndole que hiciera más y más.
Hasta que un día, después de mucho tiempo y miles de vasijas, el alquimista finalmente le dijo:
— Es hora. Ya estás listo para conocer el secreto de cómo convertir todo lo que tocas en oro.
—Gracias, maestro —respondió el hombre, estoico y maduro, en el cual el joven se había convertido con el pasar de los años.
— Escoge tus mejores vasijas y carga el carruaje con ellas.
El aprendiz obedeció sin preguntar nada, como se había acostumbrado a hacerlo.
Cuando terminó de cargar el carruaje, el alquimista y su aprendiz partieron hacia el pueblo.
Al pasar por el mercado, el hombre vio, en un rincón, una mesa un poco torcida que le pareció muy familiar.
—¿Esa es mi mesa, maestro? —preguntó.
—Sí. Hemos llegado, ahora coloca sobre tu mesa tus mejores vasijas y descubrirás mi secreto.
El hombre obedeció.
Y como era de esperarse, después de tantos años de práctica, todas sus vasijas eran tan hermosas que captaron la atención de la gente que pasaba por el mercado, quienes comenzaron a acercarse para admirarla mejor.
—¿Cuánto cuesta la vasija de la esquina? — preguntó una señora regordeta.
— ¿Qué? — respondió el hombre —. No, mis vasijas no están a la venta. Yo soy el aprendiz del…
—Treinta monedas de oro — lo interrumpió el alquimista, tomando la vasija para mostrársela mejor a la señora.
—¡Me la llevo! — dijo ella, sacando las monedas de su bolsa.
Y después de la primera venta, más y más clientes comenzaron a llegar.
Al caer la noche, el alquimista y su aprendiz habían vendido todas las vasijas y llevaban más de mil monedas de oro en su bolsa.
Sin embargo, durante el camino de regreso al castillo, el aprendiz no pudo contener la incertidumbre.
Y por primera vez desde que había aceptado las reglas del alquimista, se atrevió a cuestionarlo.
—Entonces, maestro, ¿cuál es el secreto para convertir todo lo que toco en oro? Estuvimos tan ocupados vendiendo las vasijas todo el día que todavía no me lo ha dicho.
—¿Y tengo que decírtelo? —preguntó el alquimista con una sonrisa.
El aprendiz lo miró confundido.
— Pensé que ya lo habías entendido — añadió, poniéndole la bolsa de monedas de oro sobre las piernas.
Fin.
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